lunes, 10 de diciembre de 2012

EL DIABLO ME OBLIGÓ. Francisdo G. Haghenbeck


Título: El diablo me obligó
Autor: Francisco G. Haghenbeck
Editorial: Salto de Página
Págs: 198
Precio: 17 €

Un diablero es un experto en cazar demonios. Capturarlos resulta difícil, no porque esos bichos sean muy listos sino porque suelen tener mala índole y se revuelven rabiosos, a menudo letales. Es un trabajo muy peligroso que a veces tiene su recompensa, porque un demonio, una vez hecho preso y esclavizado, tiene diversas utilidades. Una de ellas es la de obligarle a combatir en “El Hoyo” contra otros diablos y seres de ultramundo. Resulta un espectáculo más excitante y más sangriento que las peleas de perros. Aunque esta no es la única manera de sacarle provecho. En ocasiones hay gente que paga mucho por ellos, sin especificar para qué los necesitan y en qué van a emplearlos (se sospecha que para nada bueno, pero eso no es asunto del diablero). Algunos obispos tienen especial interés igualmente en las piezas de cacería. Y no digamos los miembros de El Cónclave, una poderosa y muy clandestina organización internacional que sigue siempre de cerca estas actividades venatorias de demonios. En definitiva: si un diablero consigue una pieza de valor, puede ganar lo suficiente para retirarse y olvidarse para siempre de los demonios de ultramundo, y preocuparse sólo con los de más acá, donde abundan igualmente.
Elvis Infante es diablero, y es el protagonista de esta novela inquietante, donde los demonios (demonios de verdad, visibles, en carne y babas), transitan con la misma naturalidad que los humanos normales y corrientes. Unos seres humanos (parece innecesario aclararlo), que ocultan en su corazón tanto mal y tanto daño como cualquier pobre diablo de esos que quedan atrapados en una botella, o sujetos por un acróstico arcano que los convierte en servidores de su amo terrenal. Hay un esfuerzo narrativo, estilístico, casi de proyección moral, por establecer esa paridad de nivel entre el horror de ultramundo (infernal), y la realidad de la vida que habitamos como lugar seguro y refugio del espíritu libre de acechos. El mal es el mal, se agazape en el espíritu de una bella y ricachona damisela de Hollywood o se exponga crudamente en forma de ser avernal, con tentáculos asesinos y fauces vaginadas. Mi impresión es que Haghebeck intenta construir una fábula moral sobre el sentido de la maldad en un mundo acostumbrado a soportarla como fenómeno cotidiano. Si para que el mal sea temido y tenido en cuenta necesita manifestarse en forma de demonio, no deben de ir muy bien las cosas en la tierra de Dios.
La trama se desarrolla en forma de thriller, con un estilo bastante aproximado al de la novela negra clásica y un lenguaje que integra con mucha soltura las formas y giros callejeros de los suburbios de Los Ángeles, ciudad en la que tiene lugar la acción. El autor, en este aspecto, demuestra una pericia más que notable (esperada, por otra parte, en atención a su trayectoria como novelista). Las descripciones son descarnadas y a menudo vertiginosas, los diálogos muy fluidos, sin excursos ni explicaciones inútiles, como se supone que tendrían que desarrollarse entre personajes que saben a la perfección en qué mundo viven, cuál es su realidad y cuáles sus intenciones. Haghenbeck huye conscientemente (creo que afortunadamente), de toda artificiosidad, renuncia a trazar un paisaje ampuloso (por más que algunos párrafos de la novela tengan ciertas reminiscencias lovekraftianas); todo en aras de un estilo ágil, sentencioso y eficaz. Y sale con bien del empeño, sin que el “oficio” de escritor se escuche en un entramado tan complejo y tan concienzudamente hilvanado como el de esta novela.
En definitiva, “El diablo me obligó” se ofrece ante el lector como una conseguida novela negra y, de añadido, fundamentada en un argumento original. Que el autor haya preferido “sacrificar” la espectacularidad del tema para canjearlo por la eficiencia narrativa, dando siempre la impresión de surcar terreno firme, es una decisión que al final el lector igualmente agradecerá.
José Vicente Pascual

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