jueves, 8 de noviembre de 2012

MEMORIAS DE LA CASA MUERTA. Fiódor Dostoievski


Título: Memorias de la casa muerta
Autor: Fiódor Dostoievski
Traducción: Jesús García Gabaldón y Fernando
Otero Macías
Editorial: Alba
Págs: 334
Precio: 25,84 €

Con esta autobiografía velada de su época de presidiario, Dostoievski inaugura -sin saberlo- un género literario que se hará tristemente famoso en el siglo XX: la memoria de presidio. Por su implicación en un manifiesto liberal fue deportado a Siberia y condenado a trabajos forzados. La pena de muerte se había abolido en la Rusia zarista, de lo contrario jamás se hubiera escrito “Crimen y castigo”. Superviviente de uno de estos campos, el haber sido uno de los enterrados en la casa muerta le prohíbe hablar de ella a la sociedad. Ese es el significado de estar muerto. Dostoievski recurre a una argucia muy decimonónica, la del editor curioso que encuentra un manuscrito revelador, la de crear un personaje facticio que responde en realidad al autor; en este caso Alexánder Petróvich, reflejo del propio Dostoievski puesto que también se trata de un noble. Con esta argucia le hace un dribling a la censura del momento. El tal Alexánder sufrió en el penal la marginación por parte de los demás presos, a causa de su origen aristocrático. Este hecho fue lo que le salvó, por otro lado, de los brutales castigos físicos que por entonces se estilaban y que, en más de una ocasión, provocaban la muerte de los condenados. El castigo más común era el de ser apaleado por varios oficiales mientras el condenado avanzaba por un pasillo. A esto se le conocía en el argot presidiario (muy dado por cierto a los juegos de palabras) con el nombre de “pisar la calle verde”, lo que nos recuerda sonoramente a la milla verde de los films carcelarios.
Varias cosas podría destacar de esta “novela de presidio”, como se tituló en su primera traducción al español. Lo haré sin necesidad de revelar algunas de sus claves e hitos argumentales (mea culpa, si lo he hecho en otras reseñas). Se trata de una novela relativamente primeriza, puesto que “Crimen y castigo”, “El jugador”, entre otras obras que consolidaron el genio y la fama de Dostoievski, aún no han aparecidos, lo que convierte estas memorias en una pieza rara del autor, desconocida por gran parte del público lector. Su lenguaje directo (mejor que sencillo) la hace única, si bien ya hemos hablado de la originalidad que supuso abordar este tema en la época. El futuro nos traerá otros diarios de presidio; algunos geniales, como “Diálogo con la muerte” de Arthur Koestler, que rememora su “estancia” en las cárceles franquistas. Pero a mi entender, lo que es más destacable en “Memorias de la casa muerta”, es la sutilidad, el soterramiento con que Alexánder-Fiódor plasma la violencia y la brutalidad de la prisión para, sin embargo, acercarse con lupa a los momentos en que el espejismo de la libertad parece más cercano: en Navidad o en los momentos en que los presos abandonaban el centro penitenciario para trabajar. En palabras del autor: “...si me gustaba llevar ladrillos no era sólo porque con este trabajo fortalecía mi cuerpo, sino también porque el trabajo tenía lugar en la orilla del Irtish... el único lugar desde donde se podía ver el mundo creado por Dios...”
La tristeza de los presidiarios, la mortificación por no haber sabido disfrutar de la libertad cuando la tenían, las emotivas despedidas a aquellos que ya han cumplido su condena y dan el primer paso en su nueva vida en libertad, están por encima de las escabrosas “historias” que les han llevado allí y conduce a una conclusión ejemplar: que aún rebajado a la condición de animal, el hombre consigue sobrevivir y es capaz de aprender de experiencias al límite. Esto ya lo han dicho muchos, por ejemplo Viktor E. Frankl –superviviente de los campos de concentración nazis- en “El hombre en busca de sentido”, pero nadie lo había dicho antes que Dostoievski.
José Leandro Ayllón

No hay comentarios:

Publicar un comentario