jueves, 15 de noviembre de 2012

EL MAL HOMBRE. Rubén Romero Sánchez


Título: El mal hombre
Autor: Rubén Romero Sánchez
Editorial: Legados
Págs: 64
Precio: 10 €

Es difícil poetizar sobre la vida de un hombre, sobre las vicisitudes, sobre sus miserias, opiniones, sucesos… Es más si se hace poéticamente. Y todavía lo es más si el autor se permite la licencia de utilizar para ello todas las palabras, incluso aquellas expresiones que los cánones poéticos más estrictos no permitirían. Eso es lo que hace Rubén Romero Sánchez (1978) en su poemario El mal hombre. Y sin embargo lo hace con sencillez, de forma directa y sin ambages, sin rodeos. Por eso a veces es certero y a la vez tan efectivo.
Rubén Romero divide el libro en cinco cantos que toman los siguientes títulos: Del amor, de la traición, del tálamo, del olvido y del perdón. Y todas estas partes contienen algunos de los temas universales dentro de la poesía pero tratados desde el prisma de la vida de un mismo hombre.
De la sinceridad del contenido dejo una muestra (p.13):

“Dejaré mi dinero en la mesilla,
mi condena en mi próximo exilio,
mi último nombre en tu boca de mil nombres.
Huyo tan deprisa que ya no sé quién soy”

A veces la paradoja de la vida plasmada poéticamente y con ironía, ironía ante la frustración (p.15):

“dios, si tú eres el verbo,
yo qué cojones soy,
un complemento
circunstancial?”

En estos versos constatamos el uso de vocabulario que podríamos designar como no específicamente poético y eso demuestra la libertad del autor y la valentía al hacerlo así.
Muchos de sus poemas no llevan título, otros pocos sí. Son los menos.
Ese mal hombre parece ser un hombre desarraigado (p.16):

“desgraciado el que tiene
condenas por cumplir”

Un hombre de aquí o de allí  que sólo a veces echa raíces, forjado a experiencias que le dejan huella (p.19):

“y a la mierda y termino el amor
que me ha hecho lo que soy”
Y al que cierta sorna parece definirle (p.20):
“y sobre todo no os quitéis el sombrero,
así cogí mi último
puto resfriado”

Las sentencias caen como losas (p.21):

“La traición es la única
que me hace sentir humano”

Y también en (p.25):

“que toda mi huida fue solamente
la forma que escogí de morir poco a poco”

Las vicisitudes le hacen perder la esperanza, como a todos (p.27):

“Disculpar a dios por ser un bastardo”

A veces la amargura, la realidad parece indicar un cierto determinismo y la monotonía resalta la desazón. La poesía no es aquí un canto a la belleza, más bien una descripción de la cruel realidad (p.34). Por eso el autor parece burlarse de la inocencia de Bécquer:

“¿Que qué es poesía?
Y qué más da,
¿acaso va a pagar nuestra hipoteca a la vida?”

Pero la realidad no está exenta de reflexión (p.36):

“nunca confíes en alguien
que ha profanado sus sueños”

Y al final no encontrar consuelo alguno en ese camino (p.46):

“Bendito seas dios,
más barato que una puta”

El libro desemboca en un epílogo en el que uno capta a pesar de lo vivido que todo lo humano no le es ajeno.
Luis Vea

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