lunes, 12 de noviembre de 2012

EL CUADRO, EL CIEGO Y LA CORREDORA. Antonio López Alonso


Título: El cuadro, el ciego y la corredora
Autor: Antonio López Alonso
Editorial: Ediciones Irreverentes
Págs: 295
Precio: 18 €

En el Madrid devastado por la guerra civil, dos estudiantes de medicina, Ana y Antonio, colaboran activamente en la protección y traslado de las obras maestras de la pintura que se conservan en el museo de El Prado. El hecho rigurosamente histórico sobre las medidas que el gobierno de la República tuvo que adoptar para la salvaguarda de la pinacoteca, tanto de los bombardeos nacionales como de la cerrilidad y fanatismo de las cuadrillas “antifascistas” que pululaban a su albedrío en aquella ciudad caótica, es el pretexto, el aliento inicial de esta novela que va mucho más allá del episodio histórico para indagar con no poca sutileza (y con un pragmatismo ético expertamente perfilado), en el drama de la existencia individual cuando la misma se ve arrastrada, determinada por las circunstancias ambientales. Y pocas averías hay en el entorno del individuo más desesperantes que una guerra civil.
La narración fluye con mucha soltura y amenidad, combinando los hechos históricos con las peripecias vitales de los protagonistas. Para mí, desde luego, el mayor acierto argumental (que en realidad pertenece a la idea rectora de la novela), es la cuasi ceguera de Antonio, el personaje principal y voz narradora de la misma. Una ceguera producida a consecuencia de una paliza, en el contexto de los enfrentamientos estudiantiles y la lucha de los sindicatos (SEU, FUE), por imponer su supremacía en la universidad. Unos (los falangistas), lo intentarán por el consabido método de la agresión más o menos discriminada; los otros (FUE), se desenvuelven en una clara paradoja “apolítica”: por una parte no pueden dar su apoyo al gobierno de la República porque un sindicato, sobre todo si es estudiantil, casi por vocación tiene una natural tendencia antisistema (en este caso definida como “profesionalidad” y “apoliticismo”); más, por otra parte, necesitan el apoyo del gobierno para librarse del acoso falangista; y ya en plena guerra civil, evidentemente deben decantar sus posiciones hacia el constitucionalismo y la defensa de la legalidad republicana.
Como se señalaba antes, con motivo de uno de esos enfrentamientos (en este caso un cobarde linchamiento), Antonio padece una ceguera prácticamente total. El mundo se ha convertido para él en un conjunto de manchas borrosas que debe aprender a interpretar, desarrollando al mismo tiempo sus otros sentidos. La trayectoria del personaje es la del aprendizaje sensorial, sentimental e intelectual, un discurso clásico en la literatura más sobresaliente de nuestra cultura. La ceguera de Antonio, por tanto, se convierte en una metáfora espléndida, acuciosa, exigente sobre sí mismo y la realidad que le ha tocado vivir y a la que se enfrenta con no poca valentía. Es la ceguera de las Españas que se disponen a aniquilarse una a la otra; la ceguera de los milicianos del Madrid leal a la República, quienes ven en toda obra de arte (religioso o profano), el estigma de lo burgués y lo reaccionario. Hay un momento memorable de la novela en que el director del museo explica a los alumnos que su mayor temor no son los bombardeos de la aviación nacional sino que las turbas desmandadas, agitadas por algún fanático y desesperadas por el hambre y las privaciones que conlleva el sitio de Madrid por el ejército nacional, marchen contra el museo de El Prado y le prendan fuego, con todos sus tesoros dentro.
La ceguera de Antonio, desde otras varias consideraciones, resalta como perífrasis de la duda ante la realidad incontrolada y la necesidad de interpretarla para hallar sentido a una existencia amenazada por la amargura; también del amor joven, siempre lleno de vacilaciones, y de la obsesión por la belleza, la razón y la justicia nunca satisfechas. No en vano, el cuadro sobre el que Antonio fija sus recuerdos y desentraña en sus formas y colores desde la memoria incierta de la ceguera, es el de Los fusilamientos del 2 y 3 de mayo, de Goya. La imagen de la lucha, el orgullo, la libertad y la muerte. Una pugna que sucede tanto en el “exterior” como en el interior del protagonista.
No sólo por este hallazgo merece la pena una lectura detenida (seguro que satisfactoria), de El cuadro, el ciego y la corredora; pero estoy convencido de que por sí solo justifica todo el relato, una novela ágil y escrita con el pulso firme de un autor experto, lo cual es muy de agradecer: Antonio López Alonso, afortunadamente, no tiene que convencer a nadie sobre el esmero de su oficio. Y por eso sus novelas se leen con tanta gratitud.
José Vicente Pascual

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