miércoles, 31 de octubre de 2012

UN DIÁLOGO SOBRE EL PODER Y OTRAS CONVERSACIONES. Michael Foucault


Título: Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones
Autor: Michael Foucault
Traductor: Miguel Morey Farrré
Editorial: Alianza
Págs: 224
Precio: 9 €

Ojo, mucho ojo con tocar este libro con la mente sucia y las manos limpias. Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones tiene muchos contextos, es una compilación de entrevistas realizadas al autor, así pues, todo lo que podemos ver en el libro es aplicable a muchos ámbitos, no direccionemos a Foucault solo al jardín que más no interesa, el de la polémica.
El primer texto que encontramos es el resultado de un maravilloso diálogo con Gilles Deleuze sobre política, el segundo se trata de una entrevista que concedió a la prensa, y el tercero es fruto de su encuentro con Alessandre Fontana en 1978. Por todo esto, nos acercamos a un Foucault bastante sencillo para lo que nos tiene acostumbrados, con ideas fundamentales y expuestas de forma muy precisa, que la verdad es que para el mundano lector, si es que un lector que se acerque a Foucault es mundano, es de agradecer.
Las ideas que están en la columna vertebral del libro reflejan la naturaleza del poder como algo esparcido por toda la vida social y no exclusivo de un estamento social o político y por ende las nociones reduccionistas de los puntos de concentración del poder y la identificación con éste.
Por otro lado, y de manera complementaria, la postura que le ofrece al intelectual como sujeto fundamental en la develación de estas relaciones  e imprescindible para un cambio radical en la sociedad. De esta idea extraemos la postura defendida por Foucault en torno a la figura del intelectual como rol activo en el imperioso cambio social que echamos en falta para que, por fin, la verdad sea parte constitutiva del mundo actual.
Me parece muy importante comprender la idea de Foucault de que los intelectuales forman parte del mecanismo del poder en tanto en cuanto, mientras ellos consideraban que las masas no requerían de ellos para saber, por otro lado se establecían como agentes de la “conciencia” y por tanto, del discurso creado en el sistema.
Con esta idea tendríamos la base para analizar el segundo postulado compartido con Deleuze: la necesidad de que el intelectual luche contra las formas de poder tanto en el orden del “saber” como en el concepto de “verdad”, de “conciencia” y de “discurso”, por descontado.
Llegados a este punto, Deleuze propone la teoría como la caja de herramientas para construir la nueva sociedad, deconstruir las relaciones de poder y así poder volver a conformarlas.
Para hablar del poder, Foucault pone como ejemplo la conmoción que crea en la sociedad cualquier circunstancia relacionada con la prisión, a la vista está tras los recientes sucesos que hemos vivido en España y el endurecimiento casi inmediato del sistema penal que, a mi juicio, no se ha hecho en base a una necesidad, sino de una opinión pública en plena ebullición por la dureza de los actos. Sin embargo, Foucault considera que no es sino una muestra de que su teoría es firme, puesto que el sistema penal es por él considerado como el poder que manifiesta con total desnudez la brutalidad de la tiranía y la dominación del orden sobre el desorden, estableciendo un paralelismo con la sobreposición del Bien sobre el Mal.
Se escapa esto de la idea expuesta como réplica por Deleuze, según el cual, habría sido el marxismo quien habría determinado el problema del “mal funcionamiento” del poder en términos de interés, pues no sería sino la fuerza de una clase dominante que tan solo rige sus movimientos y decisiones en su propio beneficio.
El interés y el objeto de deseo de cada uno de nosotros hacen aparición en este libro a continuación de esta idea, pues nos llevan a analizar las relaciones establecidas entre interés, poder y deseo que, como bien defiende, no son forzosamente los que ejercen el poder quienes tienen interés en ejercerlo; quienes tienen interés en ejércelo no lo ejercen, y el deseo del poder juega entre el poder y el interés un juego que todavía es singular ( pág 17).
Consiguen Deleuze y Foucault aportar luz sobre la diferencia entre reflexionar sobre una cuestión desde un punto de vista institucional o desde un punto de vista circunstancial, distinguir entre lo meramente residual en la sociedad y lo que aún está por definir pero ya da ciertas pistas de lo enraizado que intrínsecamente está en ella. De hecho, será este momento cuando aproveche para mostrar sus posturas más duras relacionadas con los conceptos de prohibición y castigo que son ejercidos únicamente a través de leyes.
Podemos afirmar que no existe tal poder absoluto si tenemos en cuenta la connivencia ante dos tipos de reducciones del  poder perfectamente definibles: el amor al amo y el deseo de las masas por el fascismo.
Como complemento perfecto a estas propuestas, el diálogo con Fontana en forma de retrospectiva histórica de las ideas de Foucault y la justificación de sus investigaciones, por ejemplo en su afamada Historia de la locura, cuyo leit motiv era analizar una de las ciencias del poder, realizando un perfil psiquiátrico sobre los modos  de ejercer el poder sobre los demás.
Entre Historia de la Locura y Las palabras y las cosas, Foucault establece un vínculo discursivo para todas sus publicaciones, siendo una de las características generales de su pensamiento.
En conclusión, no es este libro sino una manera sencilla de acercamiento a las posturas defendidas por Foucault y aplicables a día de hoy. Una nueva manera de utilizar la teoría como instrumento de comprensión y análisis social, imprescindible en los tiempos oscuros en los que la ignorancia nos hace aceptar lo impuesto sin discernir la “culpa” que nosotros podemos tener en el desarrollo de los acontecimientos.
Elvira Ramos Rivera

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