lunes, 1 de octubre de 2012

CASTA DE SUICIDAS. Lucian D. Teodorivici



Título: Casta de suicidas
Autor: Lucian D. Teodorovici
Traducción: Rafael Pisot y Cristina Sava
Editorial: El Nadir
Págs: 203
Precio: 18 €

“Un loco pasea por la calle, arrastrandon tras de sí una soga. Alguien, que ha tenido la paciencia de mirarlo un buen rato, se le acerca y le pregunta, asombrado:
        Perdone, ¿por qué diablos lleva usted esa soga?
El loco se encoge de hombros y luego le contesta, haciendo gala de una lógica implacable:
        He intentado empujarla, pero se dobla.”

Con este ejemplo de humor se puede presentar a Lucian D.Teordorvici, un joven autor rumano que, a pesar de no ser del todo conocido en el mundo literario internacional, ya se ha hecho un espacio importante entre los lectores europeos, en especial en su país de origen, Rumania, donde era ya conocido por su trabajo como redactor de guiones para diversos programas humorísticos de televisión, y otros trabajos en varias publicacions impresas de la misma índole satírica.
Como integrante de las últimas generaciones de escritores aún quedan pendientes muchas traducciones de sus obras, pero de momento tenemos el gusto de disfrutar con esta edición de Casta de suicidas de El Nadir, una de las editoriales que más me está sorprendiendo últimamente por su gran acierto al elegir las obras editadas y  la calidad de la edición y el diseño de las mismas.
Han publicado otros títulos de Teodorovici, todos en la misma línea, que seguro no tienen pérdida.
Casta de suicidas es una parodia brillante sobre el tedio de vivir y las cosas que hacen que ese tedio merezca la pena. Entre una vida de perros, sabe representar perfectamente esos momentos tragicómicos en los que una carcajada que nos sale del alma rompen por un instante todo lo malo que pueda existir en la Tierra.
Digamos que la trama se fabrica alrededor de un hombre solitario que ronda la treintena, y que hastiado de vivir sin especiales emociones se prepara para el suicidio:

“Esta es la postura en la que también hoy empiezo el día: la boca abierta, las mejillas hinchadas por la presión del viento (...) la barbilla formando un ángulo de 120 grados con el cuello, los brazos completamente separados del cuerpo, las piernas temblando, desnudas, y las plantas de los pies pegadas al alfeizar frío de una ventana del quinto piso.
Un ritual. Todo se ha convertido en un ritual cómico, a la espera del impulso suicida. Por desgracia, para no variar, este no quiere aparecer.”

Pero el humor del autor, y el del propio destino, evitarán que logre sus objetivos a través de encuentros surrealistas y suburbiales que pueden recordarnos en más de una cosa a los relatos de Bukowski o al cinismo hipercómico de Toole en “La conjura de los necios”.
En todos ellos un personaje que asume el papel de perdedor que encuentra debajo de la miseria de las calles  y los charcos las razones necesarias para vivir, que quizá gente con más posibilidades no ha conseguido localizar.
Es un canto a la vida callejera, una llamada con toques nihilistas para reflexionar sobre aspectos de la vida como la religión, las relaciones humanas o los engranajes sociales. Una manera hábil y divertida de explorar la tristeza en una narración redonda que nos permite, al terminar de leerlo, una ventanita a la esperanza. Y para que negarlo, la necesitamos todos.
Todo un placer para los sentidos, en especial para el sentido del humor.
Raquel Arévalo

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