jueves, 30 de agosto de 2012

LOS DIEZ CÁNTICOS ELEMENTALES. Salvador Gómez de Simón


Título: Los diez cánticos elementales
Autor: Salvador Gómez de Simón
Editorial: Cuadernos del Laberinto
Págs: 77
Precio: 10 €

“Llegado a una cierta edad de mi vida,
mis pasos, sin habérmelo propuesto,
me condujeron a una región desértica,
un lugar desolado para acogerme a la excusa,
-siempre en nuestra vida todo está lleno de pretextos-
de someterme al proceso catártico,
de dejar que mis heridas cicatricen,
-aquellas con las que la vida me había condecorado-” (“Los diez cánticos elementales”, Salvador Gómez de Simón)

Esta es la segunda entrega poética del autor Salvador Gómez de Simón. En abril de 2011 Cuadernos del Laberinto publicaba su primer poemario “Elogio de silencio”, y ocho meses después repiten con estos “Los diez cánticos elementales”, que no defraudan a los lectores del primero.
El primer canto empieza con el nombre de “Catarsis”, y lleva claramente implícita la marca del que, cansado del trato con  la desilusión cotidiana, busca en el camino algo más hermoso en lo que establecer su fé.
A partir de aquí el autor nos irá llevando poco a poco de nuevo por temas universales, esta vez con mucho más claro matiz espiritual, para acabar el trayecto en el décimo canto titulado “Canto a la naturaleza, al hombre y al Ángel”, una coda esperanzadora después de todo lo habido.
Con el lenguaje pulcro y directo que le caracteriza, Salvador Gómez desgrana con su voz tanto las cosas sencillas como las cosas divinas con igual vehemencia, es capaz de retratar el desasosiego que puede embargarnos al preguntarnos a veces por el sentido de las causas que enarbolamos, la irrealidad que puede derivarse de los intentos en vano o de la incomprensión del mundo, tan ajeno en ocasiones que podríamos llamarlo escenario:

“Solo sabemos que el escenario
no tiene límites aparentes,
para andar a gatas
con nuestros tiernos piececitos
y nuestras tiernas manitas
tras un muñeco de trapo”

Pero el alma que nos canta es un animal fuerte, un pequeño fénix que medita la mejor manera de volver al ataque, siempre con la vida o contra ella, sin ceder al embate, cultivando el esfuerzo. Y es al final del recorrido cuando nos damos cuenta de que todo, lo bueno y lo malo, ha tenido sentido para llegar hasta allí.
Nada sobra ni falta en este libro. Es una obra hermosa, llena de altibajos, confesiones y resurrecciones, tan necesarias para la vida como lo es la lectura para la memoria.
Quedémonos pues con esta moraleja, a modo de recuerdo de esperanza:

“¡Oh primer día del universo en el que aún todo es posible,
pues viene grávido de promesas!
 ¡Ojalá no nos defraudes!”
Raquel Arévalo

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