lunes, 23 de julio de 2012

SOLAR. Ian McEwan


Título: Solar
Autor: Ian McEwan
Traducción: Jaime Zulaika
Editorial: Anagrama
Págs: 352
Precio: 19,50 € / 9,90 € (edición compacta) / 14,99 € (ebook)

Y el don más grande de Dios es sin duda ése, el de que un fotón que contacta con un semiconductor libera un electrón” (página 41), le dice el joven y entusiasta físico Tom Aldous al premio Nobel Michael Beard, un glotón egoísta, calculador y embustero, a quien conocemos a sus 53 años, que ahora era un burócrata y nunca pensaba en los electrones(página 59).
Los fotones y la letra impresa tienen algo en común: no son capaces “per se” de arrancar un electrón/corriente sináptica de un átomo/cerebro. Necesitan de una energía cinética/garra suficiente. Un fotón poco energético solo procurará un tibio calentamiento térmico. Una línea con poca chicha nos mantendrá entretenidos, sin darnos pie a esbozar una sonrisa malévola, ese reconfortante escozor que se produce al recocer en nuestras tripas las escenas en que el narrador cuasi omnisciente desolla (es sí, con el afiladísimo escalpelo de su escritura impecable), la parte más falsaria de un sector de la ciencia convertida en negocio privado, o en puente de plata para alcanzar la dignidad de lord como otro personaje pretende, o en un modo de vida apacible y seguro en el que solo a una minoría muy selecta basta con criar fama y echarse a dormir, reducido comité de sabios que como si del mundo de la farándula se tratara, también tiene sus intrigas y cotilleos.
Otra cosa que viene al caso: ¿Y qué pasa si el arte mete las narices en la ciencia? Pues que por ejemplo se generan conceptos que algún avispado creador puede explotar (me refiero al viaje al Polo Norte que nuestro laureado Nobel comparte con la flor y nata de los artistas conceptuales, que incapaces de respetar el orden, el espacio, y la titularidad de   las ropas polares (algo que impone el tallaje de cada uno), pretenden, a través de performances, de esculturas de hielo, y tal y tal, parar el cambio climático (de momento, lo mismo que nuestro Nobel Michael Beard, lo primero que consiguen es pegarse una aventura sin parangón). O que se creen nuevas disciplinas científicas tipo centauro (mitad hombre mitad caballo, mitad ciencia mitad arte), alumbrando tesis doctorales cuyos métodos y pretensiones parecen haber pasado por la barraca de feria de los espejos deformantes (lo que no significa que no refleje peligrosamente una parte de la producción científica y científico-artística).
En lo que a Solar respecta, tiene de bueno que sirve dos propósitos: al lector o lectora perezoso/a que se protege bajo la sombrilla veraniega convertida en inútil colector solar, le proporcionará una agradable lectura de calidad. Una trama sencilla, cómoda, amigable, salpimentada de una ironía apenas perceptible, y de algunos episodios antológicos que nos hacen ir detestando amablemente a este Beard que se cree el dios Sol, a cualquier precio buscador infatigable de la comodidad, del buen plato (rompe, con su obesidad mórbida repleta de michelines los moldes del gordito simpático y siempre alegre), de la mejor hembra (la friolera de once aventuras en cinco años lo hace un ser detestable, más que nada por la envidia).
Narración trufada de un humor sutil, aderezada de un toque de negro, con cuernos, un muerto, un inocente que va a la cárcel… El tronco argumental de la novela se resume en lo siguiente: la apetecible Patrice, la esposa actual de Beard, tiene cocimiento de la aventura de su marido con una matemática colega suya. Donde las dan las toman, y por ahí que se cruza el constructor que está haciendo chapucillas en la casa, un musculitos al que se calza para restregárselo al marido. De modo que el dignísimo premio Nobel Beard empieza a tomar de su propia medicina en una buena dosis y concentración. Tanto es así que el siguiente afortunado que disfrutará de su mujer es Tom Aldoux, un físico al que toman por visionario. Descubierto in fraganti por el marido cornudo, en una escena clásica que quizá rinde homenaje al género, resbala con una alfombra y lo mata el golpe en la cabeza. Beard logrará inculpar al constructor, aprovecharse del trabajo de Aldoux haciéndolo pasar por suyo (un trabajo que sí que resultó visionario), y todo le irá sobre unas ruedas que giran perfectamente lubricadas por su egoísmo incurable. Pero a todo cerdico le llega su San Martín, y Beard descubrirá que la suerte no dura para siempre.
Nada de adrenalina, ni pulso trepidante, pura sabia administración de los recursos, las dosis justas de burla a los recursos, y una agradable, sólida construcción del personaje y serena dispersión en torno a episodios de la vida íntima y familiar de Beard, anecdóticos y rayanos en el cotilleo.    
Al lector o lectora más “social”, que busca que una novela cumpla cierto papel instrumental en la formación de la conciencia, le agradará sin duda descubrir con qué sutileza quita el barniz de oro al becerro científico (entendiendo por científico cualquier campo del conocimiento humano). Si hubiera que buscar un titular para el material contenido en la página 26 ese sería “La cinemática de la fama, o de cómo basta crearla  y echarse a dormir”. Lo dicho, que no sólo en las disciplinas artísticas o humanísticas es posible vivir de las rentas. La ciencia, por humana, no escapa a lo circense. Y que así siga siendo, para que podamos disfrutar de obras como esta, de la que para finalizar, cabe decir que el oficio de traductor casi se equipara al de creador. 
José Cruz Cabrerizo

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