miércoles, 6 de junio de 2012

ULO AGO. Julio Santiago


Título: Ulo Ago
Autor: Julio Santiago
Editorial: Cuadernos del Laberinto
Págs: 93
Precio: 12 €

Si se puede pintar con los dedos la poesía, Julio Santiago es un maestro. No es uno de los muchos poetas del Canon, de aquellos sobre los que cuando alguien te pregunta tú respondes que es imprescindible, que se tiene que leer. No es un poeta de los que salen en la prensa poetizando la política, politizando los poemas, aún siendo de amor, que no tiene colores. Es de los que llegan hasta ti sin avisar, como por casualidad, por arte de magia de un amigo, en este caso amiga, que te dice que te va a gustar, que tienes que leerlo, que hace poesía porque él mismo es un poema.
Entonces, te llega el libro Ulo Ago, y empiezas a leer, q la infancia de Ulo, como la mía, seguro que también la tuya, fue un bocadillo de chocolate, bombón de nocilla/ leche condensada en el café/ a escondillas   y piensas que sí, que tenías que leerlo, y sigues y ya no puedes parar.
Este libro es como una ristra, y digo bien porque el conjunto de poemas son como una ristra de ajos, para que este libro fuera así, cada uno de los poemas se valen de los otros, se enriquecen y se explican entre ellos.
Santiago nos ayuda a entender algunas de las cosas que aún no hayamos podido asumir, desde la sencillez, la ironía, y por supuesto una exquisita estética por los detalles, que hacen que las situaciones reflejadas en este libro, aún siendo algunas dolorosas, te arranquen una sonrisa de los labios.
Las simples cosas que dice la canción, enamoran en este libro. Los poemas que más me han atrapado ha sido esos, los sencillos, lo más sencillos de todos, porque si algo prima en la poesía de Julio Santiago es la sencillez y la claridad de sus ideas.
Quién no ha plantado alguna vez legumbres en un algodón húmedo, hasta que se producía el gran milagro.
 Un milagro ha sido la vida de Julio Santiago en este libro, llena de privilegios. Ha firmado amplias treguas de paz, guardado los libros en una biblioteca que  tenía un sofá que era la puerta de acceso al más allá…
Pero qué podemos espera de alguien que ya desde niño, leía a Bécquer sin utilizar las manos,  absolutamente fascinante esta aclaración poético amorosa.
No deja de sorprender la capacidad de aceptación de sí mismo que Julio Santiago transmite a sus lectores, cosa que, por otro lado, le hace aún mayor poeta , al conseguir hacer del acto de la masturbación, por ejemplo, todo un arte de la seducción: En-el- colegio- nos- decían- que -la –masturbación- era- un- acto- impuro, en- mi- casa- que- siendo- responsable-todo- estaba- permitido, cuando- eyaculaba- sabía que- estaba- consiguiendo- el punto- de- equilibro.
Pero sin duda alguna, el mayor dibujo poético de todos en este libro es el siguiente poema: Mi mejor amigo- no entro en detalles- supo volar muy alto conmigo.
Soberbia, abrumadora, taumatúrgica. No encuentro mejor manera de declarar el amor por la literatura que con esta sentencia de muerte a la única interpretación del texto.  A buen entendedor pocas palabras bastan, para un buen lector, la recepción de estas  son un cheque en blanco a todo lo que quieras entender con  y en ellas.
De mayor quiero escribir con esta frescura, decir que me gusta jugar a todo con la misma guasa con la que nos lo cuenta Santiago (pág 85), pero sobre todo, quiero que los cánones de poesía tengan presentes también a estos poetas de la vida, de lo que a todos nos pasa, y sobre todo que nos lo ponen por escrito como todos lo pondríamos, con nuestras mismas palabras. Porque han sabido distinguir que el mundo real es malo, sucio, y que a los poetas, como imagino que al resto de lectores, no nos gusta, así que yo, de mayor también, quiero poder mirar a través del cristal de una canica verde, porque tiene que ser verde y si lo dice un poeta yo me lo creo, y descubrir que las verrugas de las brujas son ojos mágicos, que las escobas voladoras están en los armarios de cada uno de nosotros, que las cosas malas que nos han pasado nos han hecho ser buenos, y sobre todo que para leer poesía basta con mirar a través del cristal de la ventana que todos tenemos delante. Lo difícil, es distinguir hacia dónde mirar, y para eso, Julio Santiago, es un maestro, ya os lo decía.
Elvira Ramos

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