martes, 5 de junio de 2012

SALVAJES. Don Wislow


Título: Salvajes
Autor: Don Winslow
Traducción: Alejandra Devoto
Editorial: Martínez Roca
Páginas: 350
Precio: 18,90 €

Un exmarine que ha pisado las calles de I-Rock-and-roll y sus carreteras en medio de la nada, o que ha cruzado los desiertos de Istanlandia repletos de talibanes haciendo surf en las arenas, se convierte en un salvaje. Se llama Chon.
El hijo de dos psiquiatras, psicoanalizado desde pequeño por unos padres que se autopsicoanalizaban cada manifestación de absoluta normalidad, es un salvaje. Se llama Ben.
Si tu madre está casada con «el número cinco» (porque ya no vale la pena recordar sus nombres), y te sugiere una «entrenadora de vida», es normal que te conviertas en una salvaje en la cama con Chon o con Ben, y que tu nombre, Ophelia, acabe siendo O. para todos, porque Ooooooo es lo que sale de tu boca cuando te corres con ellos.
Era un zeta, ese grupo de élite la policía mexicana que combatía a los narcos, pero los zetas terminaron trabajando para ellos, para los carteles de la droga. Cruzó la frontera, vivió entre los güeros, y se convirtió en la mano ejecutora del cartel de Baja California. Hace bien tu trabajo, es frío como una piedra, como un «helado», le llaman Lado. Ha cruzado muchas veces esa línea en la que puede cortarle la cabeza a siete desgraciados del Azul (el pinche perro del cartel rival en California), y lo graba en video y lo envía por internet para que todos sepan que es un salvaje, y que Doña Elena, la Reina, la viuda de Sánchez Lauter, gobierna ahora el cartel con más huevos que todos esos hombres juntos que habían pensado que una mujer al frente era el fin de la familia y del «negocio».
Para una mexicana como Elena, de ese nivel, “viuda milf”, con esa belleza que aún retiene y que ya no puede compartir, con posesiones en México y en California, muebles importados de Europa, idiomas, con hijos licenciados o estudiando en UCLA, los que viven en el Norte, con sus agentes inmobiliarios, sus jardines cuidados por ilegales, sus bancos jugando al casino, son salvajes.
Chon, Ben, O., hacen un buen trío. Chon y Ben cultivan la mejor variedad de maría de todo el sur de California. Chon trajo las semillas de Istanalandia, de allí se trajo también ese instinto salvaje de supervivencia, de ajustar bien los retrovisores y saber cuándo te han dejado una trampa en mitad de esa nada de arena, y cuándo hay que saber huir. ¿Y Ben? Ben ha sabido crear las mejores variedades de hierba hidropónica con las semillas que pilló Chon en Istanalandia (¿o fue en I-Rock-and-Roll?). Ya sabes, sativa, indica, mucha energía, poca energía, consumo customizado a gusto del consumidor. ¿Y O.? O. los ama a los dos, y a ella misma, y si fuera por la «entrenadora de vida» que su madre le quiere colocar, amaría al mundo entero, pero hasta entonces lo mejor es recorrerse los centros comerciales del condado de Orange, y comprar y gastar para que Ben y Chon la amen a ella de la misma manera (ooo, ooo, oooooooooh).
Son los reyes, controlan el mercado de maría, untan al capo local de la DEA para no molestar y no ser molestados. El problema no está allí, eso lo puede entender cualquiera, el problema está al sur de San Diego, más allá del mundo, al Sur (es decir, más allá de una buena tienda de surf, o un buen Resort de golf de esos que extienden adosados hasta donde alcanza tu vista). Los hijos de unos pijos fumando cannabis entre clase y clase no son el problema, los padres de esos pijos fumando, menos todavía. Hasta el capo de la DEA probando esa divina mierda lo puede entender.
Pero sí hay un problema. Elena, la Reina, la viuda de Sánchez Lauter, que ha heredado la soledad de dirigir el cartel de Baja California, ha entendido que el «negocio» hay que llevarlo allí, al país de los salvajes. Y hay que entrar desde abajo, controlando el negocio de la hierba. Y la mejor hierba es la de Ben y Chon.
Y Lado, que es un salvaje, sólo sabe hacer negocios a su manera (que es la forma en la que Elena dice que hay que hacerlos): toda la hierba que producen esos dos güeros, la mejor, la van a controlar ahora los suyos. ¿Está claro? Les va a pasar un dinero fijo, buen precio, pero con margen de sobra para hacer negocio. Chon y Ben entienden el mensaje: ahora van a trabajar para ellos, olvídense de todos esos clientes agradecidos durante tanto tiempo, hacerse con el mercado que costó arrebatar a aquellos moteros yonquis. Todo a la mierda.
Respuesta: No.
Hay un problema. Lado es un salvaje. Lado secuestra a O., y Chon y Ben saben que no pueden vivir sin ella, y esas imágenes que reciben por internet de aquel tipo detrás de O. con la motosierra a escasos centímetros del cuello de ella aclaran las dudas.
Respuesta: Sí.
Pero Chon, que es un salvaje y ha patrullado esas calles de I-Rock-and-Roll y esos desiertos que ocultan oasis de amapolas, tiene un plan, y Ben va a tener que convertirse en otro salvaje, y esos mariachis no conocen todavía a Chon y a Ben cuando deciden que tienen un plan para rescatar a O..
Y Elena, la Reina, la señora del cartel de Baja California, que recibe por internet esas imágenes que le envía Lado de la habitación donde O. debe esperar hasta que los gringos pendejos cumplan todo el trato, piensa «el amor te fortalece, el amor te debilita».
Don Winslow escribió El poder del perro en 2005 (aquí su reseña en La Biblioteca Imaginaria). Tal vez una trama más ambiciosa, más detallada: la historia del origen de los carteles mexicanos y la historia del fracaso americano por parar todo-aquello-al-sur-de-la-frontera. Salvajes no es un spin-off, no es ninguna continuación, no pisa suelo mexicano porque ya todo ocurre aquí, en el bronceado norte, en California, y no hay ningún rastro de aquella historia en ésta. Y sin embargo desde la primera página sabemos que estamos pisando un territorio bien conocido. Winslow es camaleónico, si con El poder del perro aprendíamos a hablar como un mexicano, a pensar como uno de ellos, a contar la historia con ese acento que sonaba a casquillos rebotando contra el asfalto, en Salvajes nos mezclamos con esa generación de veinteañeros crecidos en los hall de los centros comerciales, en la abundancia de familias desestructuradas por la filosofía new-age y la «ética del hacker surfero». Es una virtud en Winslow, estoy seguro. No espera a que profundicemos en el escenario, no hay tiempo, todo va a ocurrir deprisa y lo sabemos. Nos suelta directamente en la historia, sin concesiones. Y entonces te das cuenta de que has tomado partido en la novela, te has dejado llevar como si el que pasa maría fueras tú, como si el que tiembla pulsando el gatillo fueras tú, y el que da papeleta al gringo pendejo fueras también tú, y no sabes cómo ni por qué, pero estás deseando volver a tener otra-de-Winslow en las manos. Tal vez porque aprendes más de qué va la cosa real, qué está pasando ahí afuera, en uno de sus libros que en diez horas seguidas de noticieros presentados por lindos y lindas periodistas de mesa de redacción.
Antonio Muñoz Quintana

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