jueves, 7 de junio de 2012

POEMAS JAPONESES A LA MUERTE, ESCRITOS POR MONJES ZEN Y POETAS DE HAIKU EN EL UMBRAL DE LA MUERTE. Varios Autores


Título: Poemas japoneses a la muerte, escritos por monjes zen y poetas de haiku en el umbral de la muerte
Autor: Varios
Traducción: Eduardo Moga
Editorial: DVD Ediciones
Págs: 311
Precio: 18 €

No se asusten: por mucho que sea éste un libro de o sobre muerte, nos hallamos ante una antología encantadora. La razón de esta paradoja estriba en que tradicionalmente el japonés se ha relacionado con la muerte de una muy diferente manera que el occidental. No son estos poemas escatológicos precisamente. Por decirlo de otro modo: no hablan de un final, más bien de un principio. Escritos en su mayoría en los últimos momentos de vida de sus autores, son básicamente un saludo hacia el más allá pero también una despedida de la vida. La mayoría de las piezas poéticas están, a nuestro juicio, ciertamente envuelta en leyenda. No es difícil ponerlo en duda si pensamos que después de ser escritas les sobrevino la muerte a sus autores, por no añadir el hecho de que nadie en su agonía –que yo conozca– tiene fuerzas para ponerse a escribir poemas. Posiblemente gran parte de éstos fueron escritos a posteriori, como parte de una leyenda y tomando como base –aventuramos– las últimas palabras del autor, lo que me atrevería a decir es más que seguro en el caso de los monjes zen. A lo comentado se añade la artificiosidad –lo que se hace más patente con el transcurso del tiempo– de este género literario: el de los poemas de despedida o de muerte. No sólo se crea cierto nihilismo con respecto al género sino que muchos poetas acaban componiéndolo para la ocasión, estando en posesión de muy buen estado de salud. Con respecto al nihilismo del que he hablado, no hay mejor ejemplo que estos versos del poeta Toko: “Los poemas a la muerte / son un engaño. / La muerte es la muerte.” ¿No parece anticiparse al heterónimo con que Fernando Pessoa firmó “El guardador de rebaños”? Con él asimismo parece crearse un nuevo género: la poesía de anti-muerte. Pero ironías aparte que podrían ensuciar la belleza cristalina de esta magnífica antología, no podemos negar la evidencia: que contiene verdaderas joyas. Y ponemos otro ejemplo, en este caso una preciosa composición del poeta Sokan: “Si alguien preguntara / adónde ha ido Sokan, / decid tan sólo: / Tenía cosas que hacer / en el otro mundo.”
“Poemas japoneses a la muerte” es un libro tripartito. Una de esas partes está dedicada a los poemas de muerte de los monjes zen. Como puede esperarse, se trata de una poesía más espiritual a la par que más desnuda de ornamentos y juegos de palabras. También es más solemne y más pura. Aunque escrita en chino (como era habitual en la literatura ceremonial así como en aquella de índole oficial), en cuanto a su composición se atiene a la métrica del waka o poesía clásica japonesa, entre otras cosas porque el haiku aún está por llegar (y también la Edad Moderna, siguiendo los cánones historiográficos de Occidente). Muchos de estos poemas de monjes hacen referencia a la naturaleza; encontramos esta referencia en toda la poesía japonesa, desde luego, pero con una inequívoca razón aquí. “La noche es clara, / la luna brilla, sosegada, / el viento entre los pinos / suena como una lira. / Sin yo y sin otro, / ¿quién oye su son?”, dice el monje Zoso Royo en el momento de su muerte, a los 84 años, buena edad para morir y para escribir versos tan hermosos. La otra parte del libro recoge, a nuestro parecer (y defendemos este parecer), la antología más sugerente y evocadora de haiku que hasta ahora habíamos conocido; dicho esto, por supuesto, sin desmerecer los del genial Bashō. Precisamente porque están recogidos aquí los poemas de muerte de los mejores compositores de haiku, incluido el de Bashō. Sobre este género qué podemos decir que no se haya dicho ya. Es el género poético japonés por excelencia. Por mucho que le pongamos este nombre a composiciones breves escritas en otras lenguas, solo hay un haiku: el japonés. Aparte del marasmo de significados que ofrece su particular grafía, a esto se añade la abundancia de homofonías, lo que genera una riqueza semántica que redunda en los juegos de palabras y en los dobles sentidos. Eso sin mencionar las insalvables diferencias culturales.
Por si fuera poco el interés que esta poesía tiene en sí misma, cada pieza va acompañada de las circunstancias que acompañaron al poema, así como de notas biográficas (tradicionalmente unidas a la poesía en la literatura japonesa) o las jugosas explicaciones de Yoel Hoffman, autor de esta antología, reconocido filósofo y estudioso del Zen. Dejamos para el final lo que va en primer lugar. El autor, en un gesto no exento de cierta elegancia literaria, considera la introducción como una parte más del libro, no como un estudio. Recomendamos fervientemente leer detenidamente esta introducción, sin la cual sólo nos quedaríamos con la sonoridad de la poesía (que ya ha pasado de su idioma original al inglés antes que al español) y no con su significado, y seríamos como ciegos –pedimos licencia por la exageración– que leen en braille la portada de un libro cuyas páginas han sido arrancadas.
José Leandro Ayllón

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