martes, 5 de junio de 2012

MANIFIESTOS VANGUARDISTAS. Varios autores


Título: Manifiestos vanguardistas
Autores: Varios
Editorial: Barataria Ediciones
Págs: 251
Precio: 12,50 €
La ignorancia es gratuita porque nosotros lo hemos querido así. En Europa, en sus literaturas están más que presentes algunas de las ideas que han venido defendiendo los artistas de vanguardia que han quedado compilados en este libro.
Podríamos considerar las vanguardias como las manifestaciones culturales fuertemente distinguidas por la crítica y su actitud negativa hacia una institucionalización del arte, particularmente hablando, y de la sociedad retraída en un compendio normativo y restrictivo que la ahoga a pequeños sorbos.
Por eso, será a partir de las vanguardias literarias cuando los artistas, incluyendo a los literatos en esta categoría, elaboren textos lo más pragmáticos posible que reflejen su visión del mundo y lo que necesitan para seguir resistiendo en él.
Es curioso cómo tras la lectura de Manifiestos Vanguardistas queda casi justificada la creación de un nuevo género literario, el del “manifiesto”, puesto que se convierte en un proyecto conceptual que no solo cuestiona posicionamientos literarios, sino también estéticos, políticos, sociales y culturales, lo cual le da aún más, si cabe, cierta legitimidad y honra artística.
El primer movimiento vanguardista recogido en este arduo trabajo de investigación por parte de Claudia Apablaza, y delicadamente prologado por Jordi Corominas, es el Vedrinismo, cuya máxima es la defensa a ultranza del verso libre como única forma de transformar la poesía.
En esta pequeña definición, han quedado plasmadas algunas de las palabras que más se repiten en cada uno de los movimientos: "defensa", "libre" y "transformación".
En casi todos los movimientos vanguardistas conocidos en los países iberoamericanos, se busca una transformación del mundo conocido hasta el momento, así como una liberación de prejuicios emocionales, culturales y politicos.
En su libro, “Manifiestos literarios”, Juan Carlos Santaella dice que “un manifiesto es una toma de posición con respecto a ciertos hechos e ideas relativas a un hacer concreto de la literatura. Por lo tanto, este compromiso implica, a su vez, la elaboración meticulosa de una teoría, de una poética y de un discurso que será preciso convertirlo en una escritura militante con objeto de ganar legitimidad y poder de convencimiento”. Serán los escritores vanguardistas, en ese afán indiscutible por transformar el arte y la sociedad, los que busquen adaptarse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones del sueño y a los sobresaltos de la conciencia, como decían los Vedrinistas, en los primeros años del siglo XX, y para ello centrarían sus críticas en las instituciones sociales proponiendo nuevos valores a partir de un mundo más artístico. Véase el caso del Estridentismo en México en los años 20. Con este único fin, tendrían que inventar nuevos lenguajes, pues como apunta Lotman cuando un artista toma partido por un género determinado o tendencia artística específica, tendrá que tomar igualmente la vía de un determinado lenguaje en el que quiera comunicarse con el lector. De esta manera el lenguaje formará parte de una jerarquía de lenguajes artísticos, dentro de una cultura previamente dada.
Lo que ocurre con todos estos manifiestos es que consiguen convertir también al lector en un agente transformador y al arte en un instrumento que genera ese cambio. Por ejemplo, en el Pancalismo, originario de Puerto Rico, la belleza tiene un carácter universal, todo es bello, por lo que el lector incluso, es el que convierte el lenguaje en belleza con su lectura.
Ya sabemos que la belleza está allí donde nosotros creemos contemplarla. Y para ello, necesitaremos restregarnos los ojos, y destruir cualquier resto de tela de araña que haya quedado perenne en nuestra visión del mundo, como proponían los propulsores del Martinfierrismo, porque no hay peor ciego que el que no quiere ver, porque no quiere reconocer que ha olvidado cómo mirar.
Pero también es posible, que no exista nada que ver, como en algunos de estos días nos planteamos, por eso, para cuando el tedio y el hastío, la desilusión y el vacío estén a punto de vencernos, el Creacionismo acude en nuestra ayuda y nos invita a experimentar y a crear belleza en lugar de reproducirla, al fin y al cabo, “el poema es algo que no puede existir sino en la cabeza del poeta”, y como citaba Rimbaud,  “…y a veces, he visto lo que el hombre ha creído ver”.
Particularmente considero que uno de los fines más claros de cada uno de los movimientos vanguardistas era permitir que el placer de la creación siguiera siendo eso, precisamente un placer más allá de modas o movimientos sociales, más allá de lenguajes previamente establecidos, pero sobre todo, un placer ajeno a las normas establecidas, un libre placer liberado en sí mismo de cualquier constricción que le quitara valía.
La Bandera que debe ondear en la mente de todo creador, independientemente de la disciplina en las que más a gusto se encuentre su mente y su espíritu, debe ser la de la valentía, porque será esa la única patria en la que pueda habitar la libertad de pensamiento. No importa si para defender esta bandera se tiene que molestar y hacer ruido como si el barco estuviera a punto de encallar, sí, es imprescindible tañer la campana y hacer ver, que el arte no puede seguir una ruta establecida; porque el arte, se alimenta de objetos, ideas, seres, artefactos y palabras que no aparecerán nunca en las cartas de navegación, pues se van creando a sí mismos cuando consideran que es necesaria su aportación a la sociedad.
Me gustaría pensar que las vanguardias estarán siempre presentes, que podremos ir a un Café de las Artes y conocerlas de cerca, que se crearán más Cafés de las Artes donde iré con mis amigos creadores, con mis poetas amigos libre y gratuitamente. Libres de prejuicios, gratuitamente sin pagar un alto precio vital por seguir buscando lo que otros ya buscaban hace cien años: la sencillez del hombre, la valía de su conciencia, la necesidad de comprenderse, descubrir que, como ilumina Jorge Riechmann en el poema Brassai en el Reina Sofía , incluído en su libro Desandar lo andado,  “… las cosas pueden hacerse de otra forma. La vida puede enlazarse con otra libertad”.
Elvira Ramos

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