martes, 5 de junio de 2012

LOS SALVAJES DE PARÍS. RELATO DE UN VIAJE. George Sand


Título: Los salvajes de París. Relato de un viaje
Autora: George Sand
Traducción: Elisenda Julibert
Editorial: Elba Editorial
Págs: 98
Precio: 10 €

Este es un simpático y emotivo libro en torno a la mentalidad de los indios de Norteamérica. No se trata de un relato de viaje, por mucho que así se ratifique en el título. George Catlin fue el primero en profundizar en la vida cotidiana de las tribus de las praderas; aficionado a la pintura plasmó en diversos lienzos retratos de orgullosos jefes, chamanes y líderes guerreros, así como paisajes, escenas de caza o de iniciación tribal y corrió riesgos sin cuento. Junto con sus cuadros se hizo acompañar de una cohorte de indios iowas con la que recorrió el occidente civilizado. La exposición en Paris causó furor y sabemos de buena tinta que, entre otros, Baudelaire quedó impresionado por ella y fue además de los pocos que apreciaron realmente el peculiar estilo pictórico de Catlin, quien, como George Sand nos dice, fue perfeccionándose conforme iba pintando en las tierras salvajes de Norteamérica. George Sand, la célebre autora romántica, acude como una más a la exposición pero ésta le sirve, más allá del patetismo de ver a los salvajes expuestos como rarezas de feria, para reflexionar sobre el alma primitiva. Tanto sus conclusiones como las preguntas dirigidas a los salvajes, a través de un intérprete, nos parecen tan ingenuas como interesantes. A Sand le impresionaron las terribles danzas guerreras, los trofeos y pinturas de guerra pero aún más toparse finalmente con un pueblo sereno, estoico y lleno de humanidad. No eran gente muy habladora, aunque sí amantes de ocasionales discursos que los demás indios acompañaban con breves exclamaciones. Estos discursos, una vez comenzaban, no debían ser interrumpidos.
George Sand se atreve a entrar en la trastienda para hablar directamente con aquellos fieros guerreros, justamente para descubrir la bondad que hay en ellos. Con su inteligencia y cortesía consigue que los indios lleguen a confiar en ella, descubriendo así historias apasionantes que echarían por tierra la más romántica de las novelas. Solamente Nube Blanca, el “Jasón” de los iowas, se muestra algo receloso. De él nos cuenta, de todas formas, que quiso viajar a occidente, la tierra de origen del hombre blanco, para saber si su forma de vida realmente merecía la pena. A la autora le llama la atención, por otra parte, la perspicacia de estas gentes, sus dotes de observación, sus miradas sosegadas y algo tristes. Se asombra en concreto del magnífico estado de salud de los indios de Catlin, sobre todo si se tiene en cuenta que a los parisinos, pese a vivir su mayoría en confortables y cálidos apartamentos, les aguarda “la gota, el reuma y todas las enfermedades de la vejez que el intrépido salvaje en cueros desconoce a pesar de vivir… casi a la intemperie”. Perdonamos esta ingenuidad de George Sand porque, como todas las demás, se deben a una curiosidad y un entusiasmo sin límites y responden al mito del “buen salvaje” creado por Rousseau y trascendido como era de esperar al Romanticismo. Por supuesto que los indígenas también sufrían enfermedades, las más de ellas incurables; la escritora había visto a los especimenes más fuertes y saludables que habían podido recorrer toda Europa, aunque incluso algunos de éstos se habían quedado por el camino. Pero ya que se habla de vida “casi a la intemperie”, creo que resulta interesante recoger íntegramente una curiosa conversación que sostuvo la autora con un muchacho iowa:
“Le pregunté cómo pasaban el tiempo bajo los tipis cuando llovía. Me explicó que primero hacían un surco alrededor de la tienda para impedir que entrara el agua, y que luego se encerraban bien y las mujeres se ponían a trabajar.
-Y los hombres, ¿no hacen nada?
-Nosotros nos sentamos en círculo como ahora y hacemos lo mismo que aquí.
-¿Hablan?
-No mucho.
-¿Y no se aburren?”
El muchacho no entendió la última pregunta: había topado con uno de esos escollos que separan culturas abismalmente distintas. Tiempos aquellos en que eso era posible. Ella da una de sus emotivas explicaciones diciendo que no hay meditación allá donde manda la natural imaginación. Una paradoja, puesto que antes nos había descrito a unos salvajes muy reflexivos. Uno de los indios decía haber aprendido del hombre blanco el concepto de la paz, aunque la verdad no se puede decir que diéramos (ni damos) mucho ejemplo al respecto; también afirmaba estar contento de visitar por primera vez la tierra de sus viejos aliados, los franceses, después de una deplorable visita a Londres. George Sand profiere: “Pobres salvajes, ya han visto Inglaterra; ¡no miren a Francia!”.
He aquí un delicioso librito de viajes, sin serlo. Tras dejar la exposición, la autora sufre esa resaca, esa murria propia del retorno y mira a su cotidiano París con desdén e incluso con aflicción. Estas vívidas anotaciones se recogen en dos cartas que envió a un amigo a quien reconoce mucho más viajero que ella, que solo puede hablar de dos estancias no muy idílicas en Venecia y en Palma de Mallorca. Se trata, podríamos decir, de un viaje interior. Tipo de viaje nada desdeñable, por cierto. Para terminar diremos que este libro podría servir de eje para adentrarse en el fascinante mundo del piel-roja. Por nuestra parte sólo nos hemos encargado de transmitir las sensaciones de la escritora.
José Leandro Ayllón

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