lunes, 25 de junio de 2012

LA TUMBA DEL MONFÍ. José María Pérez Zúñiga


Título: La tumba del monfí
Autor: José María Pérez Zúñiga
Editorial: Almuzara
Págs: 224
Precio: 17€

Hay algo que siempre puede esperarse de la narrativa de José María Pérez Zúñiga: el esmero de su prosa y el rigor como de ingeniería tenaz con que estructura y organiza sus argumentos. Y hay algo que nunca debe esperarse en sus novelas: la presunción de inambigüedad en lo real que las sustenta.
Decía el clásico pensador (concretamente don Carlos Castilla del Pino, que de estas cosas algo entendía), que la presunción de inambigüedad, en contra de lo que suele creerse, no es signo de cordura sino de extravío mental. La lucidez de criterio implica necesariamente la aceptación de que la realidad es ambigua, en ocasiones caótica, y como tal debemos ser capaces de asumirla.
Expongo esta premisa como advertencia al lector, porque en esta novela (y en todas las de Zúñiga), va a encontrar esa condición de sutileza y sinceridad: nada es lo que parece. Quizás porque el autor conoce perfectamente que (sigo citando al clásico, ahora un poco más antiguo) el arte no consiste en representar las cosas sino la esencia de las cosas. Y esa esencia es confusa, compleja, amalgamada en un brioso y tentador desorden de sentimientos, afinidades, intuiciones, afectos y deseos. Así son las novelas de José María Pérez Zúñiga: una indagación exigente y cuidada hasta el escrúpulo en ese todo indiferenciado y a menudo anárquico que entendemos por realidad. No saber e intentar la búsqueda es propio de los buenos novelistas. Saber y entretener a los demás contando lo que sabemos de sobra, es oficio periodístico. Por fortuna, José María nunca mezcla sus talentos para una y otra dedicación.
En La tumba del monfí hay, además, una proposición atrevida, casi inaudita, que exige la complicidad del lector sobre evidencias inquietantes: no somos individuos aislados en períodos estancos de la historia, sino seres racionales (casi racionales), que han heredado en su inconsciente y en la memoria atávica de sus genes el pulso de todos los acontecimientos pretéritos que nos condujeron al hoy. El individuo, desde este punto de vista, se convierte no sólo en un nudo de relaciones sociales sino en vórtice donde convergen las glorias y miserias, contradicciones y certezas del pasado, el cual rige en brumosa soberanía el tiempo presente, como si el tiempo no transcurriera de verdad más que en los relojes y los calendarios, y permaneciese cristalizado en una actualidad/contemporaneidad perpetua, instalado si acaso en los lugares más oscuros, quizás temibles, de la memoria (eso que los historiadores modernos llaman memoria colectiva y los estructuralistas freudianos de antaño inconsciente colectivo, que aunque no san la misma cosa mucho se asemejan, por lo menos en cuanto interesa a este comentario).
Pero siempre hay un elemento argumental que desencadena la acción, claro. En este caso, algo tan simple como tres parejas, tres hombres y tres mujeres, que alquilan una casa rural en Ugíjar, dispuestos a pasar un ameno fin de semana bebiendo vino de la Contraviesa, comiendo jamón de Trevélez y degustando los exquisitos embutidos de la zona. Pero ya se dijo al principio: nada es lo que parece. El lugar donde se instalan, un antiguo caserón, vieja propiedad de una notable familia morisca de la zona, en la que han ocurrido sucesos memorables y casi todos macabros, comenzará poco a poco a imponer su particular ley de la memoria. La novela se puebla de personajes del pasado, de sentimientos agazapados en el latir oscuro de historias escalofriantes, de deseos inconfesables y visiones destructivas sobre la verdad resguardada tras los muros de aquella mansión.
Hay un personaje femenino, Ana, que me ha llamado la atención. Su desequilibrio emocional, manifiesto desde el primer momento, la convierte en vigía, angustiada oteadora de todo lo que sucede y (ay...) va a suceder. Hay otra mujer, Concha, que desde su supuesta campechanía campesina organiza, manipula y decide el destino de los confiados turistas rurales; un destino terrible como terrible fue el drama de la historia en aquellos territorios, donde un rey se alzó contra otro rey, una religión contra otra, una civilización contra su opuesta.
Ugíjar, Válor, Jorairatar, Purchena... Hoy día son nombres de pintorescos pueblecitos alpujarreños. Hace cuatro siglos, fueron escenario estrepitoso del choque de dos mundos, la batalla decisiva entre oriente y occidente. No exagero (ningún historiador exagera cuando afirma lo mismo), si escribo que el resultado de aquellas guerras entre el imperio español por una parte y los moriscos sublevados con ayuda del poder otomano por otra, decidieron el destino de occidente.
En medio de esa marabunta, resumida la tragedia en el paisaje interior de una casa señorial, se van a ver inmersos los protagonistas de La tumba del monfí. El resultado... como el de todas las guerras: un epsanto. Y nada más anticipo del argumento.
Si España fuese un país normalizado culturamente (y literariamente), José María Pérez Zúñiga, autor de títulos tan interesantes y destacados como Rompecabezas y Lo que tú piensas, sería considerado uno de nuestros maestros en el dificilísimo pespunte de la novela psicológica. Como somos lo que somos y el país está como está, esto último lo digo yo y me quedo tan satisfecho, porque es verdad. Y lo dirán sin duda quienes se acerquen a la obra de José María Pérez Zúñiga.
Para más información, acudan a sus libros.
José Vicente Pascual

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