jueves, 7 de junio de 2012

LA CALERA. Thomas Bernhard


Título: La Calera
Autor: Thomas Bernhard
Traductor: Miguel Sáenz
Editorial: Alianza
Págs: 256
Precio: 9 €

Si Michel Hazanavicius mencionó a tres personas al recibir el Oscar (Billy Wilder, Billy Wilder y Billy Wilder), el protagonista de este libro considera importantes en la vida también tres cosas por encima de todo: el estudio, el estudio y el estudio. Así que, para poder dedicarse plenamente a ese estudio, se encierra en La Calera, un edificio solitario pensado para conseguir un aislamiento casi perfecto: “un presidio de trabajo voluntario”, en palabras de Konrad, al que no llegan ruidos de vecinos y donde, si gritásemos, a nadie llegaría nuestra voz. Obsesionado con su labor, un trabajo al parecer importantísimo sobre el oído, Konrad ve en todo una conspiración contra el trabajo intelectual que realiza y al que se dedica con obstinación durante años. Sin embargo, aunque el estudio dice tenerlo al completo en su cabeza, parece que nunca consiga trasladarlo al papel. “Las palabras echan a perder lo que se piensa y, aunque todavía se está contento con poder llevar al papel algo echado a perder y algo ridículo, la memoria pierde aun eso echado a perder y eso ridículo”. “Las palabras están hechas para rebajar el pensamiento”.
Bernhard nos vuelve a mostrar otro personaje solitario y misántropo, intratable casi, en la frontera entre la lucidez y la locura. La mala relación con su mujer inválida, única persona con la que convive en La Calera, nos muestra su frialdad de corazón y nos hace prever su fracaso. Las críticas a la educación recibida, al parecer otro de los temas recurrentes en la obra de Bernhard, vuelven a aparecer en La Calera, novela en la que encontramos de nuevo el estilo asfixiante, machacón, obsesivo y vehemente marca de la casa.
Cuando en 2003 leí en una revista literaria que Alianza dedicaba una biblioteca de autor a este escritor austríaco, yo aún no sabía que, años después, tomaría la determinación de leer fervientemente a ese autor. Pero no es que no supiera esto, sino que por no saber no sabía ni quién era el tal Bernhard. A día de hoy me parece que cualquier persona a la que le guste la -buena- literatura cometería una irresponsabilidad dejando pasar la ocasión de conocer a este autor. Como se dijo aquí hace un tiempo, a Bernhard hay que leerlo, y luego odiarlo o admirarlo, pero hay que conocerlo.
Jesús Artacho Reyes

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