jueves, 7 de junio de 2012

FRANKENSTEIN O EL MODERNO PROMETEO. Mary Shelley


Título: Frankenstein o El moderno Prometeo
Autora: Mary Shelley
Traducción: Isabel Burdiel
Editorial: Cátedra
Págs: 360
Precio: 10,80 €

«Cada uno escribirá una historia de fantasmas» -propuso Lord Byron. Y  todos aceptaron su propuesta. En el verano de 1816, cuando Mary Shelley, con apenas 19 añitos, redactó su famoso relato en la compañía de Byron, Polidori y su marido P.B. Shelley, nunca imaginó que su nombre quedaría inmortalizado en la historia de la literatura. Aunque más que ella lo que se imprimió en el imaginario común fue su obra. El Doctor Frankenstein y su monstruo sin nombre. 
Mary Shelley, en la introducción a su novela, cuenta que se proponía escribir una historia que hablara sobre los misteriosos miedos de nuestra naturaleza y que despertara un pánico tan estremecedor en el lector que le hiciera mirar en torno suyo y que cuajara la sangre y acelerara los latidos del corazón. «-¡Si solo pudiera inventar una historia que asustara al lector tanto como yo me asuste la noche en que la concebí!»
La verdad es que no da tanto miedo-al menos para un lector contemporáneo- pero la historia es brutal. En esta reseña yo me limitaré a responder una pregunta que casi nadie se plantea: ¿Es el monstruo realmente un monstruo? y a resolver el enigma de porque  Mary Shelley añadió al título Frankestein, el misterioso subtítulo de: El Moderno Prometeo.
Para responder a la pregunta hay que comenzar diciendo que la novela trata, entre otras cosas, sobre la relación entre el creador y su obra. Como en este caso la «obra» es móvil, un ser humano, sobre la responsabilidad que el creador adquiere sobre su criatura, y por extensión, de la relación entre un padre y su hijo.
Lector puntilloso: ¡Un nombre para la criatura, co**!
Reseñista: bueno, sólo por esta vez, y como lo interpreta Robert De Niro en la versión cinematográfica de Kennet Branaugh, lo llamaré «Robbie»
En un momento del libro, Robbie, que es pan bendito antes de mancharse las manos de sangre, cuenta su historia y se lamenta con amargura de que  «Franki», su padre, lo desahució nada más nacer. A esto hay que añadirle que como no fue concebido con la mecánica carnal al uso, es huérfano de madre. La verdad es que el adánico Robbie procura por todos los medios ayudar al prójimo, caer simpático, ser aceptado como un igual, pero todos lo maltratan sin consideraciones. La gente no ve más allá de su apariencia.         
En un momento dado Franki le podía haber dicho a Robbie (aunque no se lo dice) lo que Marco Aurelio le dijo a su hijo Cómodo en la película Gladiador: «Tus defectos como hijo, son mi fracaso como padre».  Y es que Robbie es grande, pongamos que feo (aunque -en la novela- tiene un pelazo y los dientes blanquísimos) pero lo que genera su apetito de sangre no es que sea una irracional bestia parda sino el resentimiento que va acumulando-a su pesar- contra su padre, sobre todo, y contra la gente que lo desprecia a pesar de sus buenas acciones.
En una sombría noche de noviembre Robbie llegó a este mundo y lo peor no es que estuviera hecho con pedazos de otros cuerpos, o que careciera de nombre, sino que su «padre» lo rechazara al nacer considerándolo una aberración miserable y que pasara el resto de sus días maldiciéndolo e intentando deshacerse de él. Pero hay que considerar que esta «aberración» sufrió el desprecio de la gente sólo por su apariencia externa; que amargamente lloró en soledad, sin recibir consuelo; que fue generoso, sin ser recompensado; que cuestionó su identidad (fragmentada), que imploró justicia (una mínima justicia); que consumó una venganza; que maldijo, que se rebeló contra su creador y contra el destino.  Y si consideramos esto, entonces Frankestein alumbró todo un ser humano, aunque muriera ignorando su éxito, creyendo haber creado sólo un monstruo.
Lector avispado: yo creo que en cierta manera todos somos un poco el monstruo.
Reseñista: eso mismo.
Cervantes dice en el prólogo a la primera parte del Quijote que en la naturaleza cada cosa engendra su semejante. ¿Quién es el monstruo, Frankestein que lo desprecia y abandona al «nacer» o su «hijo» que desea vengarse por semejante trato?
La pregunta queda ahí. Yo opino como el lector avispado. Y no porque seamos huérfanos de madre, (que ha muchos) ni porque nuestro padre nos desprecie (que también hay muchos casos), ni porque alberguemos deseos de venganza (que están extendidos)  sino por otra razón: estamos compuestos de piezas, como un puzle. Un puzle dinámico, claro.
Considero el cuerpo de la criatura una metáfora física de nuestra personalidad. El desdichado estaba compuesto con pedazos de otros cuerpos y ¿no somos todos, en este sentido, como él? Nuestra psique, alma, personalidad, ¿no esta hecha de diferentes partes, de las partes de todos aquellos que nos influencian, y decir  “yo” no es más que una forma ilusoria, ficticia, verbal, de dar unidad al caleidoscopio, al puzle móvil que somos? Este tema da para un ensayo.
Lector ofendido: ¡Me estás llamando monstruo!
Reseñista (firme): Estoy diciendo que son muchas las facetas de la personalidad, muchos los que nos influencian empezando por nuestros padres, y en ese sentido muchas las partes que constituyen nuestra alma, partes-voces- que hay que coordinar.
¿Qué quiere decir M. Shelley con el subtítulo El moderno Prometeo? ¿Quién es el moderno Prometeo?
He hecho algunas averiguaciones. El mito de Prometeo, que según el escritor y erudito británico Robert Graves es de origen indoeuropeo, fue tratado en muchas ocasiones,  siendo una de las más antiguas la que ofrece el poeta Hesíodo en su Teogonía. En esta, Prometeo es el titán que hurta a Zeus la lumbre celestial para entregársela a los hombres, por lo cual recibe un lacerante y, según Hesíodo, merecido castigo: encadenado al Cáucaso, un águila vendría cada día a picotearle el hígado, en continua renovación.
Más tarde Esquilo, «positiviza» a Prometeo, mostrándolo como el supremo benefactor que enseña a la humanidad diversas artes y técnicas, por ejemplo, la astronomía;  las matemáticas; la escritura; la ganadería; la minería; la medicina y en fin una serie de conocimientos que hicieron su vida propiamente humana.
Lector desatento: ZZZZZZZZ
En otra versión, que puede consultarse en Platón y Esopo, Prometeo es el encargado de distribuir las distintas habilidades entre los seres existentes. Y ya por último y de obligada mención es la variante que introduce Apolodoro, en la que nos describe a un Prometeo Hacedor, que a modo de alfarero modela con tierra y agua al primer hombre.
Empezaba a comprender. El Moderno Prometeo («Franki»), reúne algunas cualidades del Prometeo Mítico. Es un rebelde que desacata las leyes (como en Hesíodo); un Hombre de Ciencia que desea ayudar a la humanidad (como en Esquilo); y también, y sobre todo,  es alguien que crea a un hombre con sus propias manos (como en la variante de Apolodoro).
Y ¿como no?, igual que su equivalente mítico, el Prometeo Moderno también recibe su castigo. Aunque con una diferencia significativa porque sus rebeldías obedecen a intenciones bien distintas. El Prometeo Mítico, se rebela contra Zeus porque éste ha retirado el fuego a los humanos, y la intención que tiene cuando desacata la ley divina no es otra que restituir el orden de cosas que considera justo, dicho de otra manera, se rebela contra una injusticia.
La rebelión de Frankestein es de otra clase. No es sólo un desacato a la autoridad divina alentado por deseos de justicia, lo que «Franki» pretende es eliminar la enfermedad y la muerte de la especie humana, y por tanto cambiar las leyes de la naturaleza. Esto es, de muchas maneras, enmendarle la plana al creador y usurpar su poder.
En este sentido, la rebelión de Frankenstein se asemejaría mucho más a la de Lucifer, el Ángel Caído, puesto que él si se rebeló contra Dios para derrocarlo.  Sin pretensión de enemendarle la plana a M. Shelley, Franki sería más bien El Moderno Lucifer.
Y para ir acabando, consideremos el asunto del castigo. Al Prometeo Mítico lo castiga Zeus, es decir lo castiga el Dios todopoderoso pero a Frankestein no lo castiga ningún dios, sino que recibe el escarmiento de la propia criatura que ha creado convertida en su verdugo. Y aquí se produce un curioso encadenamiento de rebeldías. Franki, el ángel caído se rebela contra el creador (Dios/la Naturaleza) y crea a un hombre; este hombre, un nuevo Adán, acaba siendo otro ángel caído al rebelarse contra su creador, Frankestein, y suponiendo que el monstro hubiera tenido hijos,  estos se podrían haber rebelado contra su padre y…
Lector aprensivo: ¡Uf!
En fin, aunque Franki es más luciferino que prometeico, el moderno Prometeo es todo aquel que no pudiendo subvertir el orden establecido, porque no puede, le falta poder, intenta restaurar la justicia violentada, equilibrar el reparto de los bienes del mundo, no dudando en rebelarse contra la autoridad, asumiendo que se audacia benefactora será duramente castigada.
José Ángel Suáñez Santiago

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