jueves, 21 de junio de 2012

EL CÓDICE PURPÚREO. Herminia Luque


Título: El códice purpúreo
Autora: Herminia Luque
Editorial: Paréntesis
Págs: 244
Precio: 14 €

Hay novelas históricas que intentan recrear una época basándose en el peso capital de célebres personajes y hechos notorios; y hay novelas de ambientación histórica que logran este propósito recurriendo a una meditación y reconstrucción del espíritu de la época. De esta segunda clase de narrativa serían ejemplo por antonomasia las célebres Memorias de Adriano, de M. Yourcenar; El siglo de las luces de Carpentier y, tal vez y salvando algunas distancias en la intención argumental, Bomarzo de Mújica Laínez.
Desde mi punto de vista, tan humilde y tan válido como el de cualquiera (digo yo), El códice purpúreo pertenece a esta segunda categoría de novelas, dentro del género. Y confieso que me interesan mucho más que las primeras. La historia de grandes hombres y grandes hechos es un universo que relumbra, cierto, pero está poco poblado y al final resulta tedioso. La historia del espíritu de la humanidad es tumultuosa, un cielo nocturno plagado de infinitas estrellas, matices, descubrimientos, intuiciones y, sobre todo, sentimientos. Prefiero la pasión de una amante tebana por su mercenario tracio al arcabuz que conquista un imperio; es mi sino. Por eso he disfrutado tanto con la lectura de El códice purpúreo.
Herminia Luque (Granada, 1964), fija el tiempo de su novela en el siglo IV d.C., en el que transcurren acontecimientos trascendentales para occidente y el cristianismo como religión oficial del imperio romano y elemento cultural decisivo en nuestra historia. El mundo clásico deja de ser el que era, pierde influencia y soberanía tanto en la sociedad civil como en la administración imperial, y ya de él no quedan más que el recuerdo y, acaso, la veneración por los antiguos templos y dioses convertidos en obras de arte (cuando no, en templos cristianizados o en ruinas que abastecen la construcción de iglesias rematadas por la cruz).
Por otra parte, aparecen los códices, compuestos por pergaminos, que sustituyen al tradicional rollo de papiro. El códice purpúreo, por tanto, recrea el final de esa era. Además, el pergamino facilita la extensión y “democratización” del género epistolar, que en la novela es esencial.
La historia aparece perfectamente documentada, condición necesaria para conseguir el efecto simbólico, terrible por sus circunstancias, que emerge en torno a la muerte de la joven cristiana Avita, fallecida por un exceso de ayuno que algunos toman como trastorno mental y otros como virtud llevada a su más exaltada pureza. Lógicamente, en torno a esta muerte, se dilucida una compleja trama de intenciones, intereses y ambiciones; el mundo clásico, impregnado de sensualidad y refinamiento (manifestado a través de personajes memorables), se resiste a la apabullante irrupción del cristianismo como pensamiento oficial; no tanto porque dicho pensamiento sea oficial como por su pretensión de ser único. La muerte de la niña, por tanto, deviene en punto de referencia (de intriga también, desvelada a través de las relaciones epistolares de su madre y otros intervinientes en la trama), en esta pugna por la hegemonía ideológica. El resultado, de sobra conocido, se percibe además ante la contundencia de la prueba: si una joven virgen se deja morir de hambre por amor al Redentor... Ni todos los filósofos de Atenas ni todos los sabios de Alejandría detendrán a la nueva creencia. Entre otras razones, tal como señala algún párrafo epistolar, porque la nueva creencia es fe, y una fe ciega en la vida eterna. Una religión que no pertenece a este mundo y un dios que se encuentra fuera del alcance de lo humano, son, por propia definición, inaccesibles. Invencibles.
La madre de Avita, Honoria, quien lamenta y se interroga por esta pérdida durante toda la novela, es el personaje que vertebra con amigos, familiares y gentes próximas a la familia toda la información relevante sobre este suceso, a través de sus cartas. Las epístolas con Flavia y Licinio son, desde esta perspectiva, deliciosas. Aquí la prosa de Herminia Luque alcanza el grado de brillantez y capacidad sugestiva que sin duda la autora buscaba y, también sin duda, ha conseguido.
Interesante, recomendable novela sobre una época poco tratada de la historia, contada de forma inusual y con una pulcritud literaria que ya quisieran para sí muchos “dinosaurios” del género.
José Vicente Pascual

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