lunes, 25 de junio de 2012

Conversando en diferido con MARIAN TORREJÓN


Comenzamos esta nueva actualización veraniega de La Biblioteca Imaginaria también con una nueva entrevista: la que vía email tan amable (y extensamente, como enseguida comprobaréis) nos ha concedido la autora Marian Torrejón.
Marian es nueva en esto de las publicaciones, aunque muchos ya sabíamos que llevaba mucho tiempo escribiendo relatos. Hablamos con ella sobre su primer libro publicado, “Limones dulces” (ya sabéis: la reseña del libro, tras este artículo), también de otros temas relacionados con su vida como escritora.
Estoy segura de que esta entrevista tan cercana os interesará. Así que sin más preámbulos, aquí os dejo con ella:

¿Cuándo comenzaste a escribir?
Que yo recuerde, o incluso que conserve en hojas sueltas arrancadas de viejos cuadernos, mis primeros escritos los hice sobre la edad de 11 años, si bien he de admitir que se trataba de poemas que hoy harían sonrojar, sin más esfuerzo ni magia, a un busto de alabastro. A los 13 años gané un concurso de poesía del ayuntamiento de Sagunto y sé que para entonces ya tenía de mí misma una especie de conciencia de ser, de alguna manera, escritora. Sin embargo, y aunque esa conciencia ha permanecido de forma constante desde entonces hasta ahora, nunca me he visto a mí misma dedicada a  escribir de un modo profesional -sí escribiendo, ojo, eso siempre, pero no como medio de ganarme la vida- y eso explica que haya tardado tanto en ponerme en serio a la tarea, porque primero he tenido que alcanzar una estabilidad profesional y económica que ha tardado mucho tiempo en llegar. Una cuestión de prioridades podría decirse. Pero que me haya puesto a escribir en serio tarde no significa que no escribiera en todos los años anteriores, desde la adolescencia hasta la madurez, sino que lo he hecho con cuentagotas, mucho menos de lo que me habría gustado en cada momento, mientras sacaba la carrera, o mientras trabajaba siendo mi hija muy pequeña a la vez que preparaba oposiciones. Pero en todo ese tiempo la escritura siempre siguió estando allí, como algo pendiente, nunca olvidado ni apartado, sino aplazado, esperando su momento. Incluso en esas circunstancias, aprovechando unos pocos días de vacaciones o entre oposición y oposición, retomaba de vez en cuando mis siempre aplazados proyectos literarios y hasta logré con alguno de ellos ganar algún concurso muy menor, de esos que otorgan los ayuntamientos de los pueblos, que no obstante su modestia me ayudaron a mantener la ilusión por alcanzar el momento en el que pudiera dedicarme a escribir, por fin, con tiempo y en condiciones. He de decir que ahora, tristemente, aunque con la oposición aprobada y mi hija ya muy crecida, sigo tropezándome con una enorme dificultad para encontrar el tiempo y las condiciones adecuadas, pero aquí estoy y aquí estaré siempre, desde luego. Eso seguro.

¿Qué autores te han influenciado como escritura?
Supongo que sería más elegante mencionar a unos cuantos escritores consagrados de cuya calidad no tenga ahora dudas, pero lo cierto es que –como no puede ser de otra forma— me deben de haber influido todos los autores que he ido leyendo a lo largo de mi vida, desde la Enid Blyton de mi infancia (o incluso el Escobar de Zipi y Zape, o el Ibáñez de Mortadelo y Filemón) pasando por todos los que me tragué sin criterio alguno provenientes de las estanterías de mi casa, nutridas en su mayor parte por los libros que le vendían a mi padre del Círculo de Lectores: de Graham Green a (sí, también) Torcuato Luca de Tena, pasando después por los autores que me fueron entusiasmando, como Flaubert o Patricia Highsmith, hasta los que me gustan hoy en día como Alice Munro o Lorrie Moore. Unos más y otros menos, me imagino, pero todas las lecturas que uno a ha ido consumiendo a lo largo de los años tienen que haber dejado inevitablemente su pequeño poso. Otra cosa es la voluntad que uno ponga en hacer las cosas de la mejor manera posible, su mejor o peor gusto narrativo, su tendencia natural o la elección de sus lecturas cuando eso haya sido posible, pero las influencias en conjunto no creo que sean susceptibles de ser escogidas por decisión propia, ni tampoco discriminadas o individualizadas fácilmente.

¿Dónde encuentras la inspiración últimamente?
Lo de inspiración yo nunca lo he sentido así, tal como suele interpretarse, como algo que viene por su cuenta, que golpea con los nudillos en tu cráneo, por sorpresa, para pedirte paso. Soy yo la que suele ir en busca de los temas y no ellos los que se deslizan en mi cerebro sobre el cómodo vehículo de la inspiración. Normalmente soy yo quien sale de caza por ese totum revolutum que guardamos en el recuerdo, donde se mezclan las imágenes de lo vivido, lo imaginado, lo leído, lo referido, lo visto en las películas, lo soñado, todo dando vueltas por ahí sin ningún orden conocido, y de allí es de donde pesco las ideas iniciales a las que suelo dar unas cuantas vueltas por ver lo que podrían dar de sí en un desarrollo posterior, hasta que encuentro alguna que consigue abrirse paso sobre las demás, a veces de forma muy obvia (¿inspiración?), otras más forzada (¿falta de ideas?), y esa es la que elijo para trabajar sobre ella. Después tiro todo lo que puedo del hilo hasta encontrar una historia completa, que puede estar prevista más o menos de antemano antes de ponerme a escribir o ir descubriéndola mientras voy escribiendo frase a frase. A veces acierto con esa idea inicial, que es muy importante, y otras veces no. O a veces la idea es buena pero en el desarrollo posterior no he sabido sacarle mucha punta. Pero así es como busco las historias de ficción que he de contar, forzando la imaginación, un poco al modo en que lo hacen los sueños a su extraño aire pero de forma dirigida.
Al final, en cualquier caso, y bajo la forma que sea, incluso si ponemos a hablar a las nubes o inventamos mundos inexistentes, siempre terminamos hablando de lo mismo, de lo que nos importa, de los temas eternos: el amor, la vida, la muerte, el paso del tiempo, etc... O cualquier otro sentimiento humano menos fácil de ser definido o concretado. Si no es así, si debajo no hay nada que sea de alguna forma universal, da igual el traje con el que vistamos a nuestras narraciones para acudir a la importante cita con el lector, igualmente recibirá calabazas.


¿Por qué cuento y no novela, por ejemplo?
Aunque he llegado tarde al cuento es un género al que me he aficionado y del que aprecio todas las características que lo identifican: la concisión, la intensidad, la importancia de lo no dicho, la perfección formal, etc, que lo hacen un género muy atractivo para mí. Después de descubrir y ahondar en la lectura y escritura de cuentos para mí la literatura ya no ha sido lo mismo; ahora le pido, tanto en calidad de lectora como de escritora, todo aquello que en el cuento constituye una exigencia. De todas formas, y aunque este libro en concreto es de cuentos, también me encuentro muy a gusto en la novela y espero publicar la que estoy escribiendo ahora dentro de no demasiado tiempo. Pero supongo que empecé con cuentos porque el formato es quizás más acorde con la circunstancia de no poder arrancarle al día más que unas pocas migajas a la hora de abordar un proyecto narrativo. Por eso en un primer momento me decanté por el relato corto en el que se encuentra de forma más inmediata la recompensa (o la condena) de la escritura.

“Limones dulces” es tu primer libro de cuentos publicado. ¿Cuánto tiempo llevaba este proyecto forjándose?
Este libro no es un proyecto que yo me planteara desde el principio como tal, sino que los relatos que forman parte de él han sido seleccionados a posteriori, de entre los más de treinta cuentos que tenía en los cajones virtuales de la memoria informática, fruto del trabajo de varios años en los que estuve dedicada a escribir relato corto. Hace un par de años, y a pesar de conocer la dificultad enorme que supone publicar una colección de relatos cuando el nombre del escritor no se conoce ni se tienen padrinos, pensé que, al menos, tenía que intentarlo, y vivir así en primera persona la ceremonia casi preceptiva del escritor principiante (hoy quizás llamada a desaparecer con el libro electrónico y por tanto ya algo romántico en sí mismo), que ha de sufrir en carne propia el viejo ritual iniciático de ver su obra repetidamente rechazada por las editoriales. Hoy ya puedo decir que he superado la prueba, y que después de un año enviando a la brava mi manuscrito a los buzones de todas las editoriales del país y de haber cosechado una considerable y muy completa colección de bonitos lamentamoscomunicarles, un buen día de primavera (del que ignoro si los pajarillos cantaban o hacían gárgaras) una de ellas se interesó por mi manuscrito y me escribió diciéndome que podrían publicarlo al año siguiente. Así ha sido, y una vez transcurrido ese tiempo, amarillín amarillado (porque los limones muy colorados no suelen ser) este libro se ha publicado. Y yo muy contenta, desde luego.

¿Dónde se pueden encontrar ”Limones dulces” hoy en día?
Una de las dificultades con las que se tropiezan las editoriales más modestas y por tanto los autores que publicamos en ellas es la distribución posterior del libro, pero aún así no hay ningún problema para que todo aquel que tenga la curiosidad o el gusto (muy bueno, por cierto) de leer Limones dulces encuentre un acceso fácil al libro:
En Madrid se puede encontrar en la librería Tres rosas amarillas (San Vicente Ferrer, 34); en Valencia está en Bibliocafé (Amadeo de Saboya, 17) y Librería Primado (avda Primado Reig, 102).
Y desde cualquier lugar se puede adquirir además en la FNAC y recibirlo en el propio domicilio (con un recargo de solo 1 euro) pinchando en el siguiente enlace: http://libros.fnac.es/a725082/Marian-Torrejon-Limones-dulces
O sea, que el que no tenga Limones dulces en su casa será porque no quiera tenerlos.


Tu libro está lleno de situaciones agridulces y de historias que son “las dos caras de la moneda”. ¿Esto es así de casualidad o ha sido premeditado?
Para empezar el propio título del libro es ya de entrada completamente agridulce, de modo que no parece muy descabellado que en su interior haya historias que también lo sean. Aunque a decir la verdad esta coincidencia es más bien fruto de la casualidad que de otra cosa. En cambio sí ha sido una cuestión premeditada el querer contar los mismos hechos desde distintos ángulos en el caso de algunos relatos, como es el de Dos salas o Sesión de terapia, pero en otros casos, no sé muy bien a cuales otros te refieres ahora, no lo ha sido. Lo que sí suele ser habitual es que elija narrar o bien desde dos perspectivas diferentes, como es el caso de los relatos que ya he mencionado, o bien desde dos momentos diferentes del tiempo, o dos escenarios distintos, que es algo muy común en mis narraciones. Pero esta es una tendencia que he observado yo de mí misma a posteriori y que me ha parecido también curiosa. En el primer caso supongo que responde al deseo de ser aséptica y querer mostrar las situaciones de forma que sean lo más parecidas posible a como se presentan en la realidad, en donde nada por simple que sea suele aparecer con una sola cara, y en el segundo caso se trata sencillamente de una cuestión de preferencias a la hora de seleccionar la voz y la forma desde las cuales he querido abordar la narración.

¿Hay algún cuento en este libro que pueda considerarse autobiográfico?
Rotundamente no. En ninguno de ellos se cuentan cosas que hayan ocurrido en la realidad, ni tiene ninguno de mis relatos en absoluto la vocación de levantar acta de hechos acontecidos en la biografía de nadie, ni siquiera en la mía propia, aunque es muy posible que en algún caso pueda parecerlo, sobre todo en los que he elegido la primera persona como voz narrativa y cuento además situaciones que muy bien podrían haberse dado en la realidad. Pero no. Sí es cierto, en cambio, que para  relatar los hechos que me propongo contar en cada momento suelo echar mano de lo que tengo a mi alcance, mi propia memoria (aquel lugar donde andaban vagando a su aire los recuerdos, no solo de lo vivido, sino también de lo leído, lo imaginado o lo escuchado, a la espera de ser rescatados y tener la oportunidad de servir para algo) de la que me sirvo a veces para emplear parte de esas imágenes, generalmente distorsionadas o arregladas para la ocasión, como ladrillos que me ayudan en la invención de otros hechos ficticios que son los que pretendo construir. No obstante, todos los relatos recogen, en mayor o menor medida, algo de mi propia experiencia, no en cuanto a la fidelidad de las situaciones mostradas con respecto a la realidad, sino en cuanto al sentimiento que subyace detrás de ellas o que motiva su narración, que sí es algo que he experimentado de alguna manera, aunque solo haya sido de modo imaginario. En ese sentido de recoger la experiencia Limones dulces es probablemente el relato que más carga autobiográfica tiene, porque aunque nada de lo que se dice haya sucedido en efecto, sí que tomé por una parte retazos de realidad distorsionada para construirlo, pero sobre todo porque lo que cuenta en el fondo es algo que yo he vivido. No de esa forma concreta pero sí de una forma muy parecida. Es un relato que me resulta por eso especialmente melancólico.

 

¿Cuál es tu cuento favorito de este libro y por qué?
Esa pregunta va cambiando con el tiempo. Mis dos hijos preferidos dentro del libro son El cuaderno esmeralda y Eso no es nada, que son los otros dos posibles títulos que estuve barajando. Al final me decanté por Limones dulces, que es también uno de mis relatos más mimados, porque ese plural me pareció que daba mejor juego que los otros para representar un conjunto de relatos.
Si hubiera que elegir uno solo de ellos en este momento quizás te diría que mi favorito es el relato que cierra el libro, El cuaderno esmeralda. Es el que más me costó en su momento de sacar adelante al tener una estructura un poco más compleja que los demás, pero durante mucho tiempo el hijo predilecto fue Eso no es nada, que ha sido además uno de los relatos más celebrados por los lectores hasta ahora, para mi maternal orgullo y satisfacción (como diría ese “liopardo” –a juzgar por cómo las lía últimamente— que se dedica a cazar elefantes). En ambos casos se trata de relatos narrados de forma fría, aséptica, pero con un fuerte sentimiento que los impulsa y que es muy reconocible por todos.

¿Qué esperas que encuentren los lectores en “Limones dulces”?
Espero que encuentren narradas sus propias experiencias, sus propias vidas. Nada menos. Para eso, a la hora de seleccionar los cuentos que fueran a formar parte del libro lo hice en base no a un criterio de unidad temática, a lo cual estuve también tentada, sino que fueran relatos que al terminar de leerse ofrecieran al lector algo más que lo que cuentan, que contuvieran una de esas verdades emocionales que todos reconocemos, cada uno desde su propia experiencia. Y creo que, en algunos casos por lo menos, está funcionando más o menos así.

¿Qué nuevos proyectos literarios tienes en marcha?
Hace años que estoy trabajando en una novela. Dicho así parecerá que va a ser un tocho de esos que se venden a peso, con una estructura complicadísima y una trama de esas que necesitan un período de documentación exhaustiva. Nada de eso. Lo que ocurre es que aparte de ser extremadamente lenta escribiendo cada día puedo detraer menos tiempo para dedicarle a la escritura y por tanto los proyectos se me eternizan entre manos. Pero no me importa, ya tengo asumido que no escribiré demasiados libros a lo largo de mi vida, como no puede ser de otra forma dadas las circunstancias. Lo que sí me preocupa es que los libros que escriba y que decida publicar merezcan de verdad la pena. Ya hay demasiados libros en el mundo como para medir el trabajo literario a peso, mucho más si se trata de juzgar el trabajo propio.
La novela a la que me refiero está ya prácticamente escrita en cuanto a la materia sobre la que he de trabajar, pero todavía tengo que darle muchas vueltas, corregir muchísimo y esperar a que me guste lo que leo, y para eso no sé cuánto tiempo más necesitaré, pero espero que al final pueda darle el visto bueno y publicarla con cierta seguridad sobre lo que lanzo al mundo. De momento no tengo ninguna prisa, ya digo, es lo bueno –y lo malo al mismo tiempo, lo irremediable de cualquier manera en mi caso— de no depender económicamente de la literatura. Además, tampoco tengo la necesidad de aparecer ante el mundo como una escritora reconocida, ni mucho menos estar a toda hora en el candelero mediático. Sé que hay que estar ahí, pero no necesariamente de una forma permanente ni excesivamente intensa. En ese sentido me conformo con poco. Y a juzgar por cómo veo a la gente esforzándose a toda hora por sacar la cabeza en todas partes, creo que es una suerte.

Muchas gracias, Marian, por tu tiempo, tus palabras y tus fotos personales. Esperamos que esa nueva novela llegue pronto y no tardes mucho en encontrar por fin todo el tiempo necesario para escribir a diario.
Y a vosotros, amigos, gracias por estar otra vez al otro lado de la pantalla, haga frío o calor. Nosotros, como siempre, seguiremos trabajando duro para no decepcionaros.

Cristina Monteoliva

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