martes, 5 de junio de 2012

CARTAS A UN JOVEN DISIDENTE. Christopher Hitchens


Título: Cartas a un joven disidente
Autor: Christopher Hitchens
Traducción: Jaime Zulaika
Editorial: Anagrama
Págs: 176
Precio: 16,90 €

Christopher Hitchens (1949-2011) inspira bajo sospecha permanente. A la salud de quien la necesite. Para mí sigue vivísimo en sus libros, que no son menos reales que su pasión por la disputa y lo que defendió hablando del milagro pero también del santo; y eso es altamente honorable y creativo. ¿Quién se atreve a contraargumentar? Si las ideas se mueven, se puede mover el resto del mundo pésele a quien le pese. Ahí está su libro Juicio a Kissinger, (Anagrama), o Amor, pobreza y guerra (Debate). Kissinger, ya saben, aquel famoso político que hasta le dieron, (no sabemos bien por qué tejedurías y suciedades pero nos lo podemos imaginar) el premio Nobel de la paz. Ante tantos libros poco útiles que infestan como invasores repentinos muchas librerías y que pasan por obras de potencial y provechoso calibre, se agradece que alguien venga y pronuncie en voz alta, lo que por desgracia viene a ser, en voz baja y con respiración asistida, patrimonio unificador y repelente de los cobardes, de los degustadores blandos de palominos propios y ajenos. No me resulta extraño que naveguemos como navegamos en esta Argos del caótico y confuso siglo XXI.
Christopher Hitchens. Recuérdenlo bien. Que este apocalíptico (en el sentido que le prodiga Umberto Eco de no ser un integrado pasivo dentro del rebaño) y estimulante periodista sea o no un heredero en escorzo del gran George Orwell, el padre de Rebelión en la granja o 1984, u Homenaje a Cataluña, eso no suma ni resta un punto a sus desafíos; eso en el fondo del trasfondo no importa tanto. Sí, en cambio, que fuera valiente cuando tuvo que serlo, y no cuando conviene anotarse tristes victorias pírricas. Los hay, los hay. Como defendería Arundhati Roy en El álgebra de la justicia infinita, “la disidencia es lo que nos queda”. Y este disidente lo consigue ciertamente poniendo nombres y siempre recordándonos los apellidos. ¿Qué sea lo mejor? Solo el Dios lo sabe, como diría el sabio griego que enseñaba paseando, y estimulaba pero sin decirlo todo,  antes de que lo forzaran a beber la mortal cicuta. Otro gallo a Esculapio todos los diciembre del mundo en honor de Christopher Hitchens. Hay venenos que no matan, y son ricos en calcio de ideas y en proteínas varias, y en despertares nuevos de horizontes abiertos. Cartas a un joven disidente es un veneno para tomarlo si miedo a nada porque nada en sus XVIII cartas cierra, o empobrece, o induce a la orfandad de la obediencia. Hiere sí, pero es una herida que cura, una herida que ahuyenta el malestar de la ignorancia, una herida que procrea otras heridas de mayores elevaciones.
Christopher Hitchens. Recuérdenlo bien. El artista nos dejó en diciembre pero quedó su obra y esa tardará en agotarse mientras nos quede una dosis de materia gris.
Cartas a un joven disidente nutre, orienta, bucea con buen tino en la memoria de personajes, guerras, países (Madre Teresa de Calcuta y sus coqueteos con el régimen de Duvalier, el bombardeo a Sarajevo, las prohibiciones varias en la isla de Cuba). Nos invita a que nos asomemos a nuestros abismos, y sin dejar de ser el individuo que somos cada uno, entendamos que la masa, ese asunto informe pero uniformado que se mueve, padece y engulle al compás y cartabón de unos pocos, es peligrosamente maligna, castradora, demasiado obediente para diferenciarse. Y tal vez demasiado indiferente a la defensa de la individualidad para imponerse y rebelarse y mandar a freír espárragos (bien lejos, más allá de Siberia si puede ser) a los cuatro energúmenos que manipulan el sueño de millones para que deban y tengan que mantener sus mentes en continua inacción y en creciente descontento. Disidentes así molestan porque más que mostrar la llaga enseñan qué pudo provocarla. Más que señalar el fuelle para trabajar el metal, desvelan el techo y el calor que cobija ese fogón de donde se supone saldrá un día el caldero para el alimento o la vil espada contra el oponente. Y le dice a ese X al que se dirige en sus cartas que cuide las palabras, que se olvide de ese Nosotros que tiene la perniciosa vanidad de incluirnos en un mismo saco y confundirnos para que a la hora de la verdad nos tropecemos y no podamos argumentar ni mucho menos reclamar. Herido sí, pero la herida de este importante, necesario, conseguidísimo libro radica en su modo de quitar las vendas. “Para el disidente, la mentalidad escéptica es como mínimo tan importante como cualquier coraza hecha de principios” p. 51. Y uno acaba la lectura de Cartas a un joven disidente y no sabe dónde posar los ojos pero se consuela pensando que todavía hay quien se levanta con ganas de gritarle al universo entero como si fuera un amigo al que hay que proteger “Que así sea contigo, y que conserves la pólvora seca para futuras batallas, y que sepas cuándo y cómo reconocerlas”.
Christopher Hitchens. Recuérdenlo. No se trata solo de un nombre. Se trata de un hombre que intentó comprender al hombre y la contradicción que cada uno lleva consigo, y ni aun así pudo dormir tranquilo en la orilla sin que le doliera el curso del río humano. Cartas a un joven disidente es una Obra maestra, y lo digo bien alto para que se asuste hasta el búho de Minerva
Ubaldo R. Olivero
 

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