miércoles, 6 de junio de 2012

CARTAS. Saul Bellow


Titulo: Cartas
Autor: Saul Bellow
Traducción: Daniel Gascón
Editorial: Ediciones Alfabia
Págs: 720
Precio: 28 €

No he leído todas las novelas de Saul Bellow publicadas en castellano pero las que sí he leído me parecen obras de auténticos vuelos espaciales, estilísticos, de contenidos ricos y ramificadores, de más de un viaje en el que la ironía y el corrosivo dictamen de la soledad, de un humanismo poco menos que desordenado y desleal, viajan juntos pero nunca revueltos.
He leído Herzog; El legado de Humboldt; Ravelstein; La víctima. Y ahora termino de bogar por el interior de estas Cartas para poder orientarme mejor sobre el mundo de fuera y de dentro de Saul Bellow.
Según el editor de estas Cartas, Benjamin Taylor, el volumen incluye unas dos quintas partes de la producción cartística de SB. Por lo menos las conocidas. ¿Y qué nos encontramos en ellas? ¿Qué nos encuentra? Al padre de Herderson el de la lluvia, Saul Bellow, angustiado porque le faciliten una beca Guggenheim y agradecido, y orgulloso, de que quien se la avale sea nada más y nada menos que el reconocido crítico norteamericano Edmund Wilson, autor (entre otros obras de méritos) de ese magnífico libro titulado Hacia la estación de Finlandia. Nos encontramos al Bellow constructor constante, infatigable, preocupado por no dejar nada a medias y en posesión de profundidades de las que siempre nos llegan meteoritos iluminadores, fantasías que nos revelan al hombre como un barro mal cocido que no sabe qué hacer con la religión, con su fe interior cuando esta se siente deteriorada y provoca que el hombre, el animal humano que nos habita, se disgregue en pos de misteriosas y torrenciales fantasías. Encontramos al Bellow sugiriéndole a su amigo David Bazelon, colaborador en publicaciones literarias y políticas, también autor, que acepte la universidad como aceptó Raskólnikov a Siberia cuando fue deportado allí. Sobre el tema de la Universidad el señor Bellow deshoja verdaderas y relucientes margaritas. Y sobre el tema de la fe en algunos autores como Graham Greene (El revés de la trama le parecía le mejor novela de Graham Greene) “¿Por qué la fe no beneficia a escritores religiosos?” se pregunta el maestro. Concideraba que eran “muy tímidos y tangenciales con ella”, con la fe.
El libro se divide en seis partes. Un arco temporal que se diluye desde mayo de 1932 hasta  febrero de 2004, la última carta que contiene el libro es al sacerdote y disidente católico romano Eugene C. Kennedy, autor de varias obras. El afecto por los amigos de juventud, sus dimes y diretes con editores y agentes literarios, sus sutilezas con personas varias pertenecientes al mundo del profesorado, de la crítica, de las letras en fin.
A John Cheever lo concideraba uno de los mejores narradores contemporáneos. Falconer le parecía espléndida “Durante dos días fue mi refugio para los ciclones; me escondí en ella” le confiesa en una carta de noviembre de 1976. A Günter Grass, miembro del PEN, le reprochaba que no se tomara ningún interés por los escritores de Estados Unidos (carta de 18 de febrero de 1986) y que “la mera idea de leer un libro estadounidense era inadmisible”. A Nadine Gordimer (una representante de la revolución opulenta) la concideraba una de las grandes subversivas.
“¿Una carta es un rehén de la fortuna con tantas posibilidades de caer en el olvido como de pasar a la posteridad?” como indica el editor Benjamin Taylor en la Nota de agradecimiento. Puede ser que sea eso, pero también es algo más. En ellas se nos muestran semillas que luego nacerán (o no) pero nunca dejarán der ser esas semillas el aliento por donde un artista, si se lo propone, respirara y creará sus afluentes, sus poéticas, su caída o su misma elevación. No consideraba Saul Bellow escribir su biografía. En sus obras ya estaba toda su vida, con sus fulgores y sus oscuridades, con sus tensiones y sus expansiones. Estas Cartas ahora publicadas por Ediciones Alfabia, son un tesoro para conocer tanto al artista Saul Bellow como al hombre y los muchos mundos que lo sostenían. Un hermoso tesoro estas Cartas, digno, muy digno, de todas las aventuras posibles: las de las palabras y la de lo que las palabras, en ocasiones, no pueden ni invocar ni enmudecer.
Ubaldo R. Olivero

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