miércoles, 27 de junio de 2012

Conversando en diferido con JOSÉ ANTONIO FORTUNY


Comenzamos esta nueva actualización de este caluroso verano en La Biblioteca Imaginaria con la entrevista que nos ha concedido uno de los autores más refrescantes del panorama literario español: José Antonio Fortuny.
José Antonio ha publicado recientemente una novela hilarante con mucho trasfondo social de título “Alehop”, una obra que sin duda dará mucho que hablar entre sus lectores (y de la que yo os comento más en profundidad en la reseña que encontraréis tras este artículo).
Pero no solo hablamos con el autor sobre esto. Si quieres saber qué otros temas tocamos, ya sabes: ¡a leer esta entrevista!

¿Cuándo comenzaste a escribir?
Empecé a escribir a los veinte y pico años, cuando sentí una gran necesidad de comunicación. Hasta entonces yo me había convertido, obligado por las circunstancias, en un gran lector. Leía mucho porque debido a mi enfermedad tenía que pasar muchas horas en casa.

¿Qué autores crees que te han influenciado más como escritor?
De todos aprendo mucho. Todos me han influenciado. No podría destacar a ninguno en especial. Me gustan Vargas Llosa, Paul Auster, Rosa Montero...

¿Ha intentado alguien alguna vez convencerte de que no escribieras en clave de comedia arguyendo, por ejemplo, que la risa vende poco?
No, nada de eso. Creo que tratar de hacer reír es algo muy complicado para un escritor, pero además lo que he escrito no va dirigido precisamente a provocar la risa fácil. Hay una historia muy profunda debajo. Utilizo el humor para poder explicar mejor un drama, para endulzarlo, para que así pueda llegar a más gente.


¿Cómo surgió exactamente la idea de escribir “Alehop”?
Surgió de ver algunas escenas tremendas a mi alrededor, un despilfarro galopante, mientras que había sectores de la sociedad que reclamaban cosas básicas y se lo negaban. Esta fue la semilla de la que surgió todo.

¿Te gusta el circo?
Prefiero los bailes folklóricos sobre una barra americana. En serio, tengo un recuerdo nostálgico y agradable de mi infancia al ver los payasos de la televisión. Ahora creo que el circo afortunadamente ha ido evolucionando, sobre todo en lo que respecta a exhibir animales, que ya está muy desfasado.

¿Y que piensas del circo de la vida?
La vida se ha convertido en un gran espectáculo donde se exhiben sin pudor las intimidades de los demás. Mucha gente enganchada a los móviles, a la televisión, donde te incitan constantemente a la juerga y a no pensar por ti mismo. Al no verlo, creemos que ya no existe el domador, pero éste se nos ha metido dentro de nuestras cabezas.


He leído que has tardado cinco años en escribir esta novela. La situación social ha cambiado mucho desde que empezaste con ella hasta ahora. ¿Te ha hecho eso ir cambiando con el tiempo el planteamiento de la historia?
No, en absoluto. Tracé el mapa del libro y después simplemente fue cuestión de rellenarlo. Lo que sí que ocurre es que estos contrastes que explico ahora se pueden ver con más claridad. El libro está escrito en época de vacas gordas, cuando ibas a la administración para pedir algo elemental y te decían que no había dinero para eso. Pues imagina ahora con la crisis. Las personas vulnerables, como ancianos o personas con discapacidad son, en época de bonanza, las últimas en ser escuchadas, y, en época de crisis, son las primeras a las que se les recortan porque todos saben que no tienen fuerza para protestar. Son el eslabón más débil de la cadena. Y esto es independiente del color de los gobiernos que hemos tenido.

¿Hay algún hecho en este libro que haya sucedido en la vida real?
Sí, varios, incluso te diría que en la vida era real he vivido alguno más delirante de los que cuento, aunque pueda parecer increíble.


¿Somos, en general, tan insolidarios como los habitantes del pueblo ficticio de “Alehop”?
El libro hay que tomarlo como una sátira, donde se caricaturizan los personajes. Generalizar siempre es injusto. Pienso que aunque la solidaridad tenga las mejores intenciones, no podemos estar pendiente de eso, de la buena voluntad de algunos. Lo que necesitamos son derechos, que se cumplan los derechos que todos tenemos de poder tener una vida digna. Si echamos una mirada fría a las estadísticas, veremos, por ejemplo, que el 80% de las personas con una discapacidad grave en España están bajo el umbral de pobreza, y todos sabemos las dificultades de los pensionistas para llegar a fin de mes. Estos hechos hablan por sí solos de la sociedad que tenemos.

¿Qué esperas que encuentren los lectores en “Alehop”?
Me gustaría que encontraran un libro fresco,  original, fácil de leer. Me gustaría provocarles alguna que otra sonrisa, pero también invitarles a alguna reflexión sobre cosas que probablemente en su día a día se les hayan pasado por alto.

¿Qué nuevos proyectos literarios tienes en marcha?
Ahora mismo me centro en tratar de dar a conocer el libro. Es algo agotador, que me hace sentir a veces bastante impotente, ya que uno tiene que tratar de sacar la cabeza en una selva de libros que todos desean lo mismo. Pero confío que poco a poco y con la ayuda de todos el libro se vaya conociendo. Claro que me gustaría seguir escribiendo, pero he llegado muy justo de fuerzas para terminar este libro. Debido a mi enfermedad, tengo que vivir mucho el día a día, sin poder hacer planes a largo plazo. Pero ojalá que vuelva a escribir otro, será una buena noticia para todos.

Muchas gracias, José Antonio por tu tiempo, tus palabras, tus fotos personales, y sobre todo por tu fuerza de voluntad y tu rapidez a la hora de contestar esta entrevista, a pesar de tu enfermedad. Sinceramente espero que las fuerzas no te fallen nunca, y que pronto nos regales otra novela tan estupenda como “Alehop”. Yo sin duda la estaré esperando con impaciencia.
Y a vosotros, como siempre, gracias por estar ahí una vez más.

Cristina Monteoliva

ALEHOP. José Antonio Fortuny


Título: Alehop
Autor: José Antonio Fortuny
Editorial: Funambulista
Págs: 350
Precio: 19 €

La vida media de las personas en España ha aumentado mucho en los últimos años gracias a una mejor alimentación y a unos progresos médicos considerables. Tenemos una vida mucho más larga, por tanto, que nuestros bisabuelos y tatarabuelos; aunque, ¿podemos presumir de llegar hasta el final de nuestros días con la calidad de vida deseada? No siempre. Y si no me creéis, echadle un vistazo al caso de los ancianos de “Alehop”, la novela de José Antonio Fortuny de la que hoy os hablaré.
El anciano y la anciana tienen una vida apacible y plena a las afueras del pueblo hasta el día en el que el anciano se ve incapaz de ayudar a la anciana a subirse a su silla de ruedas cada mañana. El anciano intenta entonces buscar ayuda. Y esta llega, pero de forma insuficiente. Cuando el anciano intenta conseguir una mejor asistencia, se encuentra con un problema: al pueblo ha llegado un circo misterioso, espectacular e innovador, uno que no solo consigue vaciar los bolsillos de los ciudadanos, sino también las arcas del consistorio municipal. Por más que el anciano intenta hacerse escuchar, no lo consigue. Y lo que es peor: la gente entiende lo que le da la gana, y todo se enreda más y más, hasta límites que solo tú conocerás si te decides por la lectura de esta corrosiva, hilarante y crítica novela, tan actual como imperecedera.
A todos se nos presentan en la vida problemas que salvar. Algunos son grandes y costosos. Otros, al menos en teoría, no deberían de ser tan difíciles de resolver, sobre todo si se cuenta con la ayuda de los demás. Este es el punto de partida de “Alehop”, la primera y más que brillante novela de José Antonio Fortuny.
Todo sucede en un pueblo pequeño y simbólico cualquiera, de nombre indeterminado,  en el que tampoco el nombre de los personajes importa, solo los roles que estos juegan: el anciano y la anciana, el alcalde, el jefe de la oposición, el manager, el carnicero, las gemelas con sus perros idénticos…
Los protagonistas son el anciano y la anciana, sobre todo él. Al comienzo de la narración los veremos con una pareja idílica, un matrimonio mayor y sin hijos que, sin embargo, son felices con las pequeñas cosas que la vida los ofrece. El deterioro en la salud de ambos supone el primer gran escoyo que la pareja ha de salvar en su vida juntos. El problema, en realidad, debería ser fácil de solucionar si en el ayuntamiento el dinero se repartiera de forma mucho más equitativa. Pero, ¿cómo convencer a sus conciudadanos de la importancia de su problema cuando estos prefieren eso del “carpe diem”?
Por otro lado, tenemos al manager del circo, un personaje taimado capaz de vender arena en el desierto. Gracias a su inteligencia, el manager no solo convence a la gente de que vayan a ver su espectáculo repetidas veces, sino también al alcalde para que lo financie. Y, ¿qué no haría un alcalde que quiera seguir en el poder por tener contento a su pueblo, aunque las exigencias de este sean totalmente banales?
“Alehop”, esta obra de prosa fluida y atractiva, esta novela inteligente y magníficamente planteada, nos presenta, fundamentalmente, una historia de denuncia social en clave de humor (negro, negrísimo). Conforme las cosas se enredan más y más en la vida de los ancianos, quedan más a la vista los problemas reales de los que adolece la sociedad en la que vivimos: el desamparo de los que tienen menos recursos económicos, la falta de empatía de la gente, el “todo vale” a la hora de conseguir los ambiciosos fines de algunos (económicos, políticos, ideológicos, de poder en general), la superficialidad del pueblo (esa hambre de fiesta y morbo televisivo, por ejemplo), la hipocresía y el cinismo en general. La lectura resultará hilarante y angustiante a partes iguales para los que de vez en cuando nos dejamos picar por nuestra conciencia. Estoy segura de que en cuanto comencéis la lectura, quedaréis atrapados en esta tela de araña que se cierne sobre la vida de los pobres ancianos. ¡Imposible no engancharse a este libro y aplaudir finalmente a su autor como se merece!
Vivimos mucho más que nuestros antepasados, pero, ¿a qué precio?, me pregunto a veces. El futuro puede estar lleno de obstáculos por salvar, escoyos que solo podremos sortear con la ayuda de los demás. ¿Encontraremos la voluntad y la empatía en los otros, llegado el caso? Tal vez sí o tal vez, por desgracia, no. Piensa en esto y en mucho más ahora gracias a “Alehop”, una obra fresca, divertida y comprometida que de seguro te sorprenderá. ¿Te atreves a comprobarlo?
Cristina Monteoliva

EL PADRE FRANCÉS. Alain Elkann


Título: El padre francés
Autor: Alain Elkann
Traductora: Alessandra Picone
Editorial: Barataria
Págs: 126
Precio: 14 €

El padre francés, escrito por Alain Elkann (1950) y editado por Barataria es una novela que se va escribiendo a sí misma: el autor toma como punto de partida la muerte de su padre y la visita al cementerio para cumplir con los ritos judíos. Observa que la tumba de al lado la ocupa otro judío, Topor, un artista que había llevado una vida totalmente opuesta a la de su progenitor; sin horarios ni reglas, disoluta, excesiva, desordenada y con éxito. La curiosidad nacida en la idea que le surge al pensar, que siendo vecinos ambos muertos, no podrán evitar conversar, contarse sus vidas, sus decepciones y anhelos para no sentirse tan solos en la eternidad, hace que comience él mismo a averiguar la vida del artista y de paso, a recuperar los momentos compartidos con su padre, hombre severo, recto, contenido, presidente de su comunidad judía y poco afectuoso con él y su hermana.
A partir de esa premisa el libro nos va descubriendo lo que él va averiguando de Topor mientras pregunta a quienes le fueron cercanos: hijo, hermana, editores, mujer, ex mujer, y nos muestra no solo su vida, sino la de ellos junto a él y ya sin él; nos las va narrando entrelazadas con la historia del padre y la suya propia, enriqueciéndola con los diálogos imaginarios, o no, que mantienen los dos muertos, tan distintos en vida pero que intentan acercarse en la muerte; entender esa otra manera de ver las cosas que tuvieron cuando aún respiraban.
Es una novela que avanza al ritmo de esos diálogos, y entrevistas, que nos informa a la vez que se informa el autor, que nos permite asistir a los pensamientos de los vivos y los muertos en busca de su identidad, de los porqués de cualquier acción, en un intento de comprender lo incomprensible: por qué actuamos como lo hacemos.
Eva Monzón Jerez

LA CENA. Herman Koch


Título: La cena
Autor: Herman Koch
Traductor: Marta Arguilé Bernal
Editorial: Salamandra
Págs: 288
Precio: 17’50€ / 8’50€

La cena me ha recordado en varios momentos a la justamente alabada serie Los Soprano. He curioseado un poco en la red y he llegado a leer que el autor menciona precisamente entre sus fuentes de inspiración la famosa serie creada por David Chase. Desde luego, es un libro que abre interrogantes y se presta al debate. Sólo por eso ya resulta interesante.
La cena es una novela a vueltas con la irrupción de la violencia en un par de familias holandesas de clase media, una novela en la que los personajes se ven en medio de dilemas morales que afrontarán de forma más o menos discutible. Por decirlo claramente: si vuestro hijo comete un delito, un delito grave e injustificable por el que debería pasar años en prisión, ¿se lo contaríais a la policía? ¿Hasta qué punto llegaríais a protegerlo para que su futuro no se viera comprometido? Parece ser que el germen de la novela se encuentra en un suceso real ocurrido en Barcelona (donde el holandés Herman Koch reside) sobre el asesinato de una indigente que dormía en un cajero automático.
Dos parejas quedan para cenar en un restaurante de postín. Los dos hombres son hermanos: Serge, por un lado, político en la oposición, aspirante a primer ministro, y Paul, por otro, narrador de la novela.
Suele ocurrir en estos casos, cuando leemos una historia en primera persona, que tendemos como lectores a meternos en la piel del que la cuenta, a comprenderlo e incluso a ponernos de su parte. En este caso, conforme avanzan las páginas y vamos conociendo a Paul, nos damos cuenta de que eso no resulta factible. Desde el principio tenemos indicios de que es un poco ácido, sarcástico, desde luego más incorrecto que su hermano, que por motivos obvios nunca puede descuidar la diplomacia. Pero más adelante, cuando lo conocemos un poco más en profundidad, su patente amoralidad nos puede asquear. Y aun así, es un perfecto hombre de familia. Creo que no es un libro para identificarse con los personajes, sino para reflexionar un poco sobre las decisiones que toman y la forma en que actúan.
La cena es, en definitiva, una novela que engancha y uno no puede parar de leer hasta que la termina. Además, se presta a la reflexión y al debate. Se entiende por lo tanto que haya sido un éxito de ventas. Hace poco, por cierto, Salamandra ha publicado la nueva novela de Koch, Casa de verano con piscina.
Jesús Artacho Reyes

CUADERNOS DE HIROSHIMA. Kenzaburo Oé


Título: Cuadernos de Hiroshima
Autor: Kenzaburo Oé
Traductores: Yoko Ogihara y Fernando Cordobés
Editorial: Anagrama
Págs: 220
Precio: 17,90 €

Cuando en cualquier documental sobre la Segunda Guerra Mundial acaban mencionando, de un modo o de otro, las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, los pilotos estadounidenses encargados de llevar a cabo dicha misión siempre alegan que “gracias a las bombas atómicas se habían evitado muchas muertes”. Al final esta argumentación es común siempre que les demos la palabra a cualquiera que venga de los Estados Unidos. Es normal, a mi parecer, que dichos soldados puedan tratar de justificar sus actos con un razonamiento tan pobre, algo que parece aprendido de memoria para poder conciliar el sueño cada noche.
Sin embargo, es inevitable plantearse cómo alguien puede creerse tamaña mentira. A veces es mejor omitir un razonamiento, o contestar que se ha actuado por una orden superior que admitir la responsabilidad de la mayor catástrofe de la Humanidad.
No se puede empezar este ensayo sin ponerse, por fin, del lado de los que sufrieron, de parte de todas personas que vivieron en sus carnes este drama y que, por si fuera poco, fueron silenciados en décadas posteriores. Así, Oé, que como el espectador es considerado un extraño (es decir, una persona que no estaba en Hiroshima ese fatídico día de agosto), va poniendo voz a cada uno de los testimonios con los que se topó.
El modo de plantearnos el ensayo es por medio de cuadernos independientes en los que nos cuenta cada uno de sus viajes a la ciudad, que tienen lugar en distintos momentos temporales y donde podrá comprobar cómo los ciudadanos fueron primero silenciados, después incomprendidos y más tarde olvidados.
Oé aprovecha para, además, reflexionar sobre distintos temas, como la dignidad y el sufrimiento, pasando de la teoría a los escalofriantes ejemplos concretos de los vecinos de Hiroshima.
Sin duda este libro no es un libro amable, simpático o sencillo. Es una historia cruda, llena de dolor y que por desgracia es real. Es un libro atemporal, que trata temas perennes, que nos ayuda a comprender de qué es capaz el ser humano, para bien y para mal, cómo saca fuerzas de flaqueza para continuar viviendo. Y digo atemporal porque hoy podemos comprender la magnitud de nuestra historia, pero dentro de treinta años también podremos (y deberemos) echar la vista atrás para conocer los errores del pasado.
En definitiva, Cuadernos de Hiroshima es un libro molesto pero necesario. Un ensayo triste, tristísimo, que genera rabia y confusión, odio y lágrimas.
Laura Corral

lunes, 25 de junio de 2012

Conversando en diferido con MARIAN TORREJÓN


Comenzamos esta nueva actualización veraniega de La Biblioteca Imaginaria también con una nueva entrevista: la que vía email tan amable (y extensamente, como enseguida comprobaréis) nos ha concedido la autora Marian Torrejón.
Marian es nueva en esto de las publicaciones, aunque muchos ya sabíamos que llevaba mucho tiempo escribiendo relatos. Hablamos con ella sobre su primer libro publicado, “Limones dulces” (ya sabéis: la reseña del libro, tras este artículo), también de otros temas relacionados con su vida como escritora.
Estoy segura de que esta entrevista tan cercana os interesará. Así que sin más preámbulos, aquí os dejo con ella:

¿Cuándo comenzaste a escribir?
Que yo recuerde, o incluso que conserve en hojas sueltas arrancadas de viejos cuadernos, mis primeros escritos los hice sobre la edad de 11 años, si bien he de admitir que se trataba de poemas que hoy harían sonrojar, sin más esfuerzo ni magia, a un busto de alabastro. A los 13 años gané un concurso de poesía del ayuntamiento de Sagunto y sé que para entonces ya tenía de mí misma una especie de conciencia de ser, de alguna manera, escritora. Sin embargo, y aunque esa conciencia ha permanecido de forma constante desde entonces hasta ahora, nunca me he visto a mí misma dedicada a  escribir de un modo profesional -sí escribiendo, ojo, eso siempre, pero no como medio de ganarme la vida- y eso explica que haya tardado tanto en ponerme en serio a la tarea, porque primero he tenido que alcanzar una estabilidad profesional y económica que ha tardado mucho tiempo en llegar. Una cuestión de prioridades podría decirse. Pero que me haya puesto a escribir en serio tarde no significa que no escribiera en todos los años anteriores, desde la adolescencia hasta la madurez, sino que lo he hecho con cuentagotas, mucho menos de lo que me habría gustado en cada momento, mientras sacaba la carrera, o mientras trabajaba siendo mi hija muy pequeña a la vez que preparaba oposiciones. Pero en todo ese tiempo la escritura siempre siguió estando allí, como algo pendiente, nunca olvidado ni apartado, sino aplazado, esperando su momento. Incluso en esas circunstancias, aprovechando unos pocos días de vacaciones o entre oposición y oposición, retomaba de vez en cuando mis siempre aplazados proyectos literarios y hasta logré con alguno de ellos ganar algún concurso muy menor, de esos que otorgan los ayuntamientos de los pueblos, que no obstante su modestia me ayudaron a mantener la ilusión por alcanzar el momento en el que pudiera dedicarme a escribir, por fin, con tiempo y en condiciones. He de decir que ahora, tristemente, aunque con la oposición aprobada y mi hija ya muy crecida, sigo tropezándome con una enorme dificultad para encontrar el tiempo y las condiciones adecuadas, pero aquí estoy y aquí estaré siempre, desde luego. Eso seguro.

¿Qué autores te han influenciado como escritura?
Supongo que sería más elegante mencionar a unos cuantos escritores consagrados de cuya calidad no tenga ahora dudas, pero lo cierto es que –como no puede ser de otra forma— me deben de haber influido todos los autores que he ido leyendo a lo largo de mi vida, desde la Enid Blyton de mi infancia (o incluso el Escobar de Zipi y Zape, o el Ibáñez de Mortadelo y Filemón) pasando por todos los que me tragué sin criterio alguno provenientes de las estanterías de mi casa, nutridas en su mayor parte por los libros que le vendían a mi padre del Círculo de Lectores: de Graham Green a (sí, también) Torcuato Luca de Tena, pasando después por los autores que me fueron entusiasmando, como Flaubert o Patricia Highsmith, hasta los que me gustan hoy en día como Alice Munro o Lorrie Moore. Unos más y otros menos, me imagino, pero todas las lecturas que uno a ha ido consumiendo a lo largo de los años tienen que haber dejado inevitablemente su pequeño poso. Otra cosa es la voluntad que uno ponga en hacer las cosas de la mejor manera posible, su mejor o peor gusto narrativo, su tendencia natural o la elección de sus lecturas cuando eso haya sido posible, pero las influencias en conjunto no creo que sean susceptibles de ser escogidas por decisión propia, ni tampoco discriminadas o individualizadas fácilmente.

¿Dónde encuentras la inspiración últimamente?
Lo de inspiración yo nunca lo he sentido así, tal como suele interpretarse, como algo que viene por su cuenta, que golpea con los nudillos en tu cráneo, por sorpresa, para pedirte paso. Soy yo la que suele ir en busca de los temas y no ellos los que se deslizan en mi cerebro sobre el cómodo vehículo de la inspiración. Normalmente soy yo quien sale de caza por ese totum revolutum que guardamos en el recuerdo, donde se mezclan las imágenes de lo vivido, lo imaginado, lo leído, lo referido, lo visto en las películas, lo soñado, todo dando vueltas por ahí sin ningún orden conocido, y de allí es de donde pesco las ideas iniciales a las que suelo dar unas cuantas vueltas por ver lo que podrían dar de sí en un desarrollo posterior, hasta que encuentro alguna que consigue abrirse paso sobre las demás, a veces de forma muy obvia (¿inspiración?), otras más forzada (¿falta de ideas?), y esa es la que elijo para trabajar sobre ella. Después tiro todo lo que puedo del hilo hasta encontrar una historia completa, que puede estar prevista más o menos de antemano antes de ponerme a escribir o ir descubriéndola mientras voy escribiendo frase a frase. A veces acierto con esa idea inicial, que es muy importante, y otras veces no. O a veces la idea es buena pero en el desarrollo posterior no he sabido sacarle mucha punta. Pero así es como busco las historias de ficción que he de contar, forzando la imaginación, un poco al modo en que lo hacen los sueños a su extraño aire pero de forma dirigida.
Al final, en cualquier caso, y bajo la forma que sea, incluso si ponemos a hablar a las nubes o inventamos mundos inexistentes, siempre terminamos hablando de lo mismo, de lo que nos importa, de los temas eternos: el amor, la vida, la muerte, el paso del tiempo, etc... O cualquier otro sentimiento humano menos fácil de ser definido o concretado. Si no es así, si debajo no hay nada que sea de alguna forma universal, da igual el traje con el que vistamos a nuestras narraciones para acudir a la importante cita con el lector, igualmente recibirá calabazas.


¿Por qué cuento y no novela, por ejemplo?
Aunque he llegado tarde al cuento es un género al que me he aficionado y del que aprecio todas las características que lo identifican: la concisión, la intensidad, la importancia de lo no dicho, la perfección formal, etc, que lo hacen un género muy atractivo para mí. Después de descubrir y ahondar en la lectura y escritura de cuentos para mí la literatura ya no ha sido lo mismo; ahora le pido, tanto en calidad de lectora como de escritora, todo aquello que en el cuento constituye una exigencia. De todas formas, y aunque este libro en concreto es de cuentos, también me encuentro muy a gusto en la novela y espero publicar la que estoy escribiendo ahora dentro de no demasiado tiempo. Pero supongo que empecé con cuentos porque el formato es quizás más acorde con la circunstancia de no poder arrancarle al día más que unas pocas migajas a la hora de abordar un proyecto narrativo. Por eso en un primer momento me decanté por el relato corto en el que se encuentra de forma más inmediata la recompensa (o la condena) de la escritura.

“Limones dulces” es tu primer libro de cuentos publicado. ¿Cuánto tiempo llevaba este proyecto forjándose?
Este libro no es un proyecto que yo me planteara desde el principio como tal, sino que los relatos que forman parte de él han sido seleccionados a posteriori, de entre los más de treinta cuentos que tenía en los cajones virtuales de la memoria informática, fruto del trabajo de varios años en los que estuve dedicada a escribir relato corto. Hace un par de años, y a pesar de conocer la dificultad enorme que supone publicar una colección de relatos cuando el nombre del escritor no se conoce ni se tienen padrinos, pensé que, al menos, tenía que intentarlo, y vivir así en primera persona la ceremonia casi preceptiva del escritor principiante (hoy quizás llamada a desaparecer con el libro electrónico y por tanto ya algo romántico en sí mismo), que ha de sufrir en carne propia el viejo ritual iniciático de ver su obra repetidamente rechazada por las editoriales. Hoy ya puedo decir que he superado la prueba, y que después de un año enviando a la brava mi manuscrito a los buzones de todas las editoriales del país y de haber cosechado una considerable y muy completa colección de bonitos lamentamoscomunicarles, un buen día de primavera (del que ignoro si los pajarillos cantaban o hacían gárgaras) una de ellas se interesó por mi manuscrito y me escribió diciéndome que podrían publicarlo al año siguiente. Así ha sido, y una vez transcurrido ese tiempo, amarillín amarillado (porque los limones muy colorados no suelen ser) este libro se ha publicado. Y yo muy contenta, desde luego.

¿Dónde se pueden encontrar ”Limones dulces” hoy en día?
Una de las dificultades con las que se tropiezan las editoriales más modestas y por tanto los autores que publicamos en ellas es la distribución posterior del libro, pero aún así no hay ningún problema para que todo aquel que tenga la curiosidad o el gusto (muy bueno, por cierto) de leer Limones dulces encuentre un acceso fácil al libro:
En Madrid se puede encontrar en la librería Tres rosas amarillas (San Vicente Ferrer, 34); en Valencia está en Bibliocafé (Amadeo de Saboya, 17) y Librería Primado (avda Primado Reig, 102).
Y desde cualquier lugar se puede adquirir además en la FNAC y recibirlo en el propio domicilio (con un recargo de solo 1 euro) pinchando en el siguiente enlace: http://libros.fnac.es/a725082/Marian-Torrejon-Limones-dulces
O sea, que el que no tenga Limones dulces en su casa será porque no quiera tenerlos.


Tu libro está lleno de situaciones agridulces y de historias que son “las dos caras de la moneda”. ¿Esto es así de casualidad o ha sido premeditado?
Para empezar el propio título del libro es ya de entrada completamente agridulce, de modo que no parece muy descabellado que en su interior haya historias que también lo sean. Aunque a decir la verdad esta coincidencia es más bien fruto de la casualidad que de otra cosa. En cambio sí ha sido una cuestión premeditada el querer contar los mismos hechos desde distintos ángulos en el caso de algunos relatos, como es el de Dos salas o Sesión de terapia, pero en otros casos, no sé muy bien a cuales otros te refieres ahora, no lo ha sido. Lo que sí suele ser habitual es que elija narrar o bien desde dos perspectivas diferentes, como es el caso de los relatos que ya he mencionado, o bien desde dos momentos diferentes del tiempo, o dos escenarios distintos, que es algo muy común en mis narraciones. Pero esta es una tendencia que he observado yo de mí misma a posteriori y que me ha parecido también curiosa. En el primer caso supongo que responde al deseo de ser aséptica y querer mostrar las situaciones de forma que sean lo más parecidas posible a como se presentan en la realidad, en donde nada por simple que sea suele aparecer con una sola cara, y en el segundo caso se trata sencillamente de una cuestión de preferencias a la hora de seleccionar la voz y la forma desde las cuales he querido abordar la narración.

¿Hay algún cuento en este libro que pueda considerarse autobiográfico?
Rotundamente no. En ninguno de ellos se cuentan cosas que hayan ocurrido en la realidad, ni tiene ninguno de mis relatos en absoluto la vocación de levantar acta de hechos acontecidos en la biografía de nadie, ni siquiera en la mía propia, aunque es muy posible que en algún caso pueda parecerlo, sobre todo en los que he elegido la primera persona como voz narrativa y cuento además situaciones que muy bien podrían haberse dado en la realidad. Pero no. Sí es cierto, en cambio, que para  relatar los hechos que me propongo contar en cada momento suelo echar mano de lo que tengo a mi alcance, mi propia memoria (aquel lugar donde andaban vagando a su aire los recuerdos, no solo de lo vivido, sino también de lo leído, lo imaginado o lo escuchado, a la espera de ser rescatados y tener la oportunidad de servir para algo) de la que me sirvo a veces para emplear parte de esas imágenes, generalmente distorsionadas o arregladas para la ocasión, como ladrillos que me ayudan en la invención de otros hechos ficticios que son los que pretendo construir. No obstante, todos los relatos recogen, en mayor o menor medida, algo de mi propia experiencia, no en cuanto a la fidelidad de las situaciones mostradas con respecto a la realidad, sino en cuanto al sentimiento que subyace detrás de ellas o que motiva su narración, que sí es algo que he experimentado de alguna manera, aunque solo haya sido de modo imaginario. En ese sentido de recoger la experiencia Limones dulces es probablemente el relato que más carga autobiográfica tiene, porque aunque nada de lo que se dice haya sucedido en efecto, sí que tomé por una parte retazos de realidad distorsionada para construirlo, pero sobre todo porque lo que cuenta en el fondo es algo que yo he vivido. No de esa forma concreta pero sí de una forma muy parecida. Es un relato que me resulta por eso especialmente melancólico.

 

¿Cuál es tu cuento favorito de este libro y por qué?
Esa pregunta va cambiando con el tiempo. Mis dos hijos preferidos dentro del libro son El cuaderno esmeralda y Eso no es nada, que son los otros dos posibles títulos que estuve barajando. Al final me decanté por Limones dulces, que es también uno de mis relatos más mimados, porque ese plural me pareció que daba mejor juego que los otros para representar un conjunto de relatos.
Si hubiera que elegir uno solo de ellos en este momento quizás te diría que mi favorito es el relato que cierra el libro, El cuaderno esmeralda. Es el que más me costó en su momento de sacar adelante al tener una estructura un poco más compleja que los demás, pero durante mucho tiempo el hijo predilecto fue Eso no es nada, que ha sido además uno de los relatos más celebrados por los lectores hasta ahora, para mi maternal orgullo y satisfacción (como diría ese “liopardo” –a juzgar por cómo las lía últimamente— que se dedica a cazar elefantes). En ambos casos se trata de relatos narrados de forma fría, aséptica, pero con un fuerte sentimiento que los impulsa y que es muy reconocible por todos.

¿Qué esperas que encuentren los lectores en “Limones dulces”?
Espero que encuentren narradas sus propias experiencias, sus propias vidas. Nada menos. Para eso, a la hora de seleccionar los cuentos que fueran a formar parte del libro lo hice en base no a un criterio de unidad temática, a lo cual estuve también tentada, sino que fueran relatos que al terminar de leerse ofrecieran al lector algo más que lo que cuentan, que contuvieran una de esas verdades emocionales que todos reconocemos, cada uno desde su propia experiencia. Y creo que, en algunos casos por lo menos, está funcionando más o menos así.

¿Qué nuevos proyectos literarios tienes en marcha?
Hace años que estoy trabajando en una novela. Dicho así parecerá que va a ser un tocho de esos que se venden a peso, con una estructura complicadísima y una trama de esas que necesitan un período de documentación exhaustiva. Nada de eso. Lo que ocurre es que aparte de ser extremadamente lenta escribiendo cada día puedo detraer menos tiempo para dedicarle a la escritura y por tanto los proyectos se me eternizan entre manos. Pero no me importa, ya tengo asumido que no escribiré demasiados libros a lo largo de mi vida, como no puede ser de otra forma dadas las circunstancias. Lo que sí me preocupa es que los libros que escriba y que decida publicar merezcan de verdad la pena. Ya hay demasiados libros en el mundo como para medir el trabajo literario a peso, mucho más si se trata de juzgar el trabajo propio.
La novela a la que me refiero está ya prácticamente escrita en cuanto a la materia sobre la que he de trabajar, pero todavía tengo que darle muchas vueltas, corregir muchísimo y esperar a que me guste lo que leo, y para eso no sé cuánto tiempo más necesitaré, pero espero que al final pueda darle el visto bueno y publicarla con cierta seguridad sobre lo que lanzo al mundo. De momento no tengo ninguna prisa, ya digo, es lo bueno –y lo malo al mismo tiempo, lo irremediable de cualquier manera en mi caso— de no depender económicamente de la literatura. Además, tampoco tengo la necesidad de aparecer ante el mundo como una escritora reconocida, ni mucho menos estar a toda hora en el candelero mediático. Sé que hay que estar ahí, pero no necesariamente de una forma permanente ni excesivamente intensa. En ese sentido me conformo con poco. Y a juzgar por cómo veo a la gente esforzándose a toda hora por sacar la cabeza en todas partes, creo que es una suerte.

Muchas gracias, Marian, por tu tiempo, tus palabras y tus fotos personales. Esperamos que esa nueva novela llegue pronto y no tardes mucho en encontrar por fin todo el tiempo necesario para escribir a diario.
Y a vosotros, amigos, gracias por estar otra vez al otro lado de la pantalla, haga frío o calor. Nosotros, como siempre, seguiremos trabajando duro para no decepcionaros.

Cristina Monteoliva

LIMONES DULCES. Marian Torrejón


Título: Limones dulces
Aurora: Marian Torrejón
Editorial: Libros Certeza
Págs: 96
Precio: 10 €

La vida está llena de momentos alegres, aunque a menudo pienso que son más los amargos. Estos últimos, además, aparecen cuando menos lo esperamos, sorprendiéndonos, incluso descolocándonos. Y es que lo que creíamos que debería ser de pronto ya no es, y la nueva situación se nos hace tan rara como… Bueno, tanto como encontrar un limón dulce, por ejemplo. Precisamente “Limones dulces” es el curioso nombre del libro de relatos de Marian Torrejón del que hoy os hablaré.
“Limones dulces” es el primer libro de relatos publicado por Marian Torrejón, también el nombre del cuento que abre esta colección compuesta por un total de catorce piezas. Aunque en realidad no es lo primero que os encontraréis en este libro: los relatos vienen precedidos de un magnífico prólogo de Fernando Iwasaki, uno de los que hacen toda reseña totalmente innecesaria.
Pero volvamos al contenido del libro, a estos cuentos a veces agrios, a veces dulces y casi siempre impregnados de un halo de nostalgia del que fácilmente se contagiará el lector.
Como decía antes el primero cuento es “Limones dulces”, una pieza que nos habla de los sinsabores del paso de la adolescencia dela edad adulta (esta vez, con final feliz).
En “Limones dulces” la protagonista vuelve mentalmente al pasado. Otros cuentos que recurren a este recurso son “Fancy” (en esta ocasión, la protagonista se reconcilia, por así decirlo, con un suceso del pasado que la puso en contra de toda su familia), “El cuadro” (relato donde descubrimos que con el tiempo todo puede parecer lo mismo) y “El cuaderno esmeralda” (emotivo relato en el que un hijo recuerda el pasado junto a su padre en el entierro de este).
La fina línea que separa la vida de la muerte, así como la enfermedad en general, son temas recurrentes en los cuentos de “Limones dulces”, aunque siempre con matices. Así, en “El fajín del general” y “Kaputt” nos encontramos con protagonistas ancianos conocedores de la importancia de disfrutar de cada momento, ya que la vida puede acabarse muy pronto; sin embargo, en “Eso no es nada” nos topamos con la repentina muerte que sucede tras una operación rutinaria (tan devastadora para los que se quedan vivos), mientras que en “Dos salas” vivimos la angustia de dos personas ingresadas en un mismo hospital, y en el ya mencionado “El cuaderno esmeralda”, el dolor del hijo que pierde a un padre tras una larga enfermedad.
Las relaciones familiares y todas esas grandes o pequeñas ocasiones en las que los miembros de una familia se encuentran son otro punto en común que tienen algunos de los cuentos de Marian Torrejón contenidos en este libro. Podemos constatarlo especialmente en “El fajín del general”, “Fancy” y “El pez muerto” (cuento este último en el que queda patente, como en otros de esta colección, que siempre hay una oveja negra en cada familia).
Uno delos recursos que Marian Torrejón suele utilizar a la hora de perfilar sus historias es lo que yo llamo la “dualidad en general”. Y es que a veces la historia tiene dos voces narrativas que se complementan, como “Dos salas” y “Sesión de terapia” (cuento éste en el que cada una de las protagonistas intenta hacer entender a la otra algo, sin que se acerquen finalmente las posturas), y otras, como en “Llámame Seve” (una historia contada desde el futuro hasta el pasado, en retroceso) lo que nos encontramos son dos personajes con vidas paralelas, vistas ambas desde el prisma de un narrador omnisciente.
La crisis laboral en la que este país está sumida tienen su reflejo especialmente en “Crisis” (un poco como el cuento de “La lechera”, pero en versión moderna y real) y “Llámame Seve” (cuento que deja patente la enorme competitividad y la crueldad que existen en el mundo laboral actual).
A pesar del contenido agridulce de la mayoría de los cuentos de Marian Torrejón, el sentido del humor no puede decirse que esté ausente, al menos no del todo. En cuentos como “Juntos” (una divertida pieza de equívocos, realmente hilarante) y “Con un elefante, imposible” (único cuento de corte fantástico de este volumen), yo diría que el humor es el ingrediente fundamental.
“Limones dulces”, diré finalmente, es un volumen de relatos prácticamente para todos los gustos que, a pesar de lo triste de algunas de sus historias, dejará un regusto dulce gracias a sus tramas bien trazadas, su prosa fluida y los sentimientos que consigue aflorar en los lectores. Un gran debut literario el de su autora, en definitiva. Esperamos que Marian Torrejón siga sorprendiéndonos en el futuro con más historias, ya sean dulces, amargas, tristes o alegres.
Cristina Monteoliva

LA TUMBA DEL MONFÍ. José María Pérez Zúñiga


Título: La tumba del monfí
Autor: José María Pérez Zúñiga
Editorial: Almuzara
Págs: 224
Precio: 17€

Hay algo que siempre puede esperarse de la narrativa de José María Pérez Zúñiga: el esmero de su prosa y el rigor como de ingeniería tenaz con que estructura y organiza sus argumentos. Y hay algo que nunca debe esperarse en sus novelas: la presunción de inambigüedad en lo real que las sustenta.
Decía el clásico pensador (concretamente don Carlos Castilla del Pino, que de estas cosas algo entendía), que la presunción de inambigüedad, en contra de lo que suele creerse, no es signo de cordura sino de extravío mental. La lucidez de criterio implica necesariamente la aceptación de que la realidad es ambigua, en ocasiones caótica, y como tal debemos ser capaces de asumirla.
Expongo esta premisa como advertencia al lector, porque en esta novela (y en todas las de Zúñiga), va a encontrar esa condición de sutileza y sinceridad: nada es lo que parece. Quizás porque el autor conoce perfectamente que (sigo citando al clásico, ahora un poco más antiguo) el arte no consiste en representar las cosas sino la esencia de las cosas. Y esa esencia es confusa, compleja, amalgamada en un brioso y tentador desorden de sentimientos, afinidades, intuiciones, afectos y deseos. Así son las novelas de José María Pérez Zúñiga: una indagación exigente y cuidada hasta el escrúpulo en ese todo indiferenciado y a menudo anárquico que entendemos por realidad. No saber e intentar la búsqueda es propio de los buenos novelistas. Saber y entretener a los demás contando lo que sabemos de sobra, es oficio periodístico. Por fortuna, José María nunca mezcla sus talentos para una y otra dedicación.
En La tumba del monfí hay, además, una proposición atrevida, casi inaudita, que exige la complicidad del lector sobre evidencias inquietantes: no somos individuos aislados en períodos estancos de la historia, sino seres racionales (casi racionales), que han heredado en su inconsciente y en la memoria atávica de sus genes el pulso de todos los acontecimientos pretéritos que nos condujeron al hoy. El individuo, desde este punto de vista, se convierte no sólo en un nudo de relaciones sociales sino en vórtice donde convergen las glorias y miserias, contradicciones y certezas del pasado, el cual rige en brumosa soberanía el tiempo presente, como si el tiempo no transcurriera de verdad más que en los relojes y los calendarios, y permaneciese cristalizado en una actualidad/contemporaneidad perpetua, instalado si acaso en los lugares más oscuros, quizás temibles, de la memoria (eso que los historiadores modernos llaman memoria colectiva y los estructuralistas freudianos de antaño inconsciente colectivo, que aunque no san la misma cosa mucho se asemejan, por lo menos en cuanto interesa a este comentario).
Pero siempre hay un elemento argumental que desencadena la acción, claro. En este caso, algo tan simple como tres parejas, tres hombres y tres mujeres, que alquilan una casa rural en Ugíjar, dispuestos a pasar un ameno fin de semana bebiendo vino de la Contraviesa, comiendo jamón de Trevélez y degustando los exquisitos embutidos de la zona. Pero ya se dijo al principio: nada es lo que parece. El lugar donde se instalan, un antiguo caserón, vieja propiedad de una notable familia morisca de la zona, en la que han ocurrido sucesos memorables y casi todos macabros, comenzará poco a poco a imponer su particular ley de la memoria. La novela se puebla de personajes del pasado, de sentimientos agazapados en el latir oscuro de historias escalofriantes, de deseos inconfesables y visiones destructivas sobre la verdad resguardada tras los muros de aquella mansión.
Hay un personaje femenino, Ana, que me ha llamado la atención. Su desequilibrio emocional, manifiesto desde el primer momento, la convierte en vigía, angustiada oteadora de todo lo que sucede y (ay...) va a suceder. Hay otra mujer, Concha, que desde su supuesta campechanía campesina organiza, manipula y decide el destino de los confiados turistas rurales; un destino terrible como terrible fue el drama de la historia en aquellos territorios, donde un rey se alzó contra otro rey, una religión contra otra, una civilización contra su opuesta.
Ugíjar, Válor, Jorairatar, Purchena... Hoy día son nombres de pintorescos pueblecitos alpujarreños. Hace cuatro siglos, fueron escenario estrepitoso del choque de dos mundos, la batalla decisiva entre oriente y occidente. No exagero (ningún historiador exagera cuando afirma lo mismo), si escribo que el resultado de aquellas guerras entre el imperio español por una parte y los moriscos sublevados con ayuda del poder otomano por otra, decidieron el destino de occidente.
En medio de esa marabunta, resumida la tragedia en el paisaje interior de una casa señorial, se van a ver inmersos los protagonistas de La tumba del monfí. El resultado... como el de todas las guerras: un epsanto. Y nada más anticipo del argumento.
Si España fuese un país normalizado culturamente (y literariamente), José María Pérez Zúñiga, autor de títulos tan interesantes y destacados como Rompecabezas y Lo que tú piensas, sería considerado uno de nuestros maestros en el dificilísimo pespunte de la novela psicológica. Como somos lo que somos y el país está como está, esto último lo digo yo y me quedo tan satisfecho, porque es verdad. Y lo dirán sin duda quienes se acerquen a la obra de José María Pérez Zúñiga.
Para más información, acudan a sus libros.
José Vicente Pascual

CARRETERAS SECUNDARIAS. Ignacio Martínez de Pisón


Título: Carreteras secundarias
Autor: Ignacio Martínez de Pisón
Editorial: Anagrama
Págs: 255
Precio: 11,70 € / 6 € (edición compacta)

“Carreteras secundarias” narra el viaje iniciático de un hijo con su padre en la España de los años setenta. Ambos recorrerán la costa mediterránea mediante una de sus pocas posesiones: un Citroën Tiburón, que les llevará de un lugar a otro, sin rumbo fijo, en buscar de algo de dinero de  una vida aparentemente normal.
Con apenas dos personajes, Felipe, el hijo, y el pobre diablo del padre, Martínez de Pisón extiende una prosa ágil, donde los capítulos son cortos, apenas de un par de páginas, y en los que se afronta el tema de la adolescencia, de las relaciones entre padres e hijos y de la errática transición a la vida adulta. 
Podemos distinguir dos partes claras en el desarrollo de la trama: de un lado, la primera mitad del libro, que nos encuentra la historia, donde conocemos el modo de vida de los protagonistas y su forma de ser. De otro, la segunda mitad: conforme se va acercando el final se concretan determinados temas que se habían tratado con anterioridad, como el orgullo o el miedo al futuro, y se comprueba la evolución en el personaje de Felipe, convirtiéndose ya en un adulto. Es esta segunda parte la más seria, la más compleja, pero también más agridulce y cruda que su antecesora. Y esto es porque la máscara que inicialmente veíamos en los personajes, la pantomima o representación que parecía que eran sus vidas, se reduce a la realidad, se quita la máscara y vemos lo que en realidad hay debajo. Así, el lector podría llegar a pensar, al menos durante la primera mitad de la novela, que se tratan de unos personajes sencillos, simples y planos, casi cómicos, que no se toman en serio ni ellos mismos. Sin embargo, posteriormente nos damos cuenta que esos personajes son claramente redondos y que, además, analizando la parte cómica vemos mucha tristeza velada, mucho sentimiento en el trasfondo.
Al final, lo de menos es el viaje, el lugar al que se llega o desde el que se va. Y lo realmente importante son todas esas cosas que van ocurriendo en el camino. Como en la vida, lo importante no es la meta o el fin, sino lo que va aconteciendo a cada paso del camino.
Laura Corral

LABERINTO CARNAL. Elvira Daudet


Título: Laberinto carnal
Autor: Elvira Daudet
Editorial: Cuadernos del Laberinto
Págs: 60
Precio: 10 €

No sabía quien era Elvira Daudet, lo curioso es que había leído algunos versos sin saber que eran suyos, ya hace unos años, cuando mi acercamiento a la poesía aún era cuidadoso, poco suicida, sin ruido… Una comprobación más de que da igual quien haya escrito el verso, si se te queda en la memoria y en el corazón.
No puedo decir que no me hayan dolido algunos de ello como puñales en los ojos, que diría el maestro Quiroga. Porque si algo tiene este libro sigiloso de Daudet, es la capacidad de ir aposentándose según el avance de las páginas.
Cuando un libro empieza como lo hace este, retornando a los orígenes del arte verbal, de la intencionalidad artística, regresando a las palabras proféticas del Génesis, hace que te sientas Eva en el paraíso, y con poco que recuerdes de tu formación religiosa, pronto sientes que la manzana, la serpiente y todo el dolor está a punto de llegar.
Es como un punto de partida, para hacernos ver que lo que ahora está ocurriendo, no la crisis, sino la pérdida de la esencia del ser humano y a la vez la muestra más voraz de esta, ya viene de lejos, todos conocemos la historia de Caín y Abel y  el llanto y el rechinar de dientes y las dos guerras mundiales y la que ahora estamos viviendo, menos sangrienta pero igual de dolorosa y la ignorancia es gratuita y qué verdad es…
Si seguimos leyendo ya hemos comido de la manzana prohibida y además, el trozo quedará para siempre en nuestra garganta y de vez en cuando nos hará carraspear para, de alguna manera, recordarnos que la humanidad sigue afligida y nosotros con ella.
Se escribe poesía para comprender, y Elvira Daudet sigue sin entender, a pesar de su experiencia vital, tantas y tantas cosas… y así nos lo hace ver en  “Espuma de un sueño” (pág 19) y “Estado de gracia”, (pág 25).
 Si os analizara concienzudamente ambos poemas evitaría y estropearía lo que a mi juicio tiene la poesía, esa capacidad de emocionar por el primer encuentro con la respuesta buscada, la explicación más locuaz, la solución a aquello que te mantiene alerta por las noches.
Eso consigue Daudet en  Laberinto Carnal,  adentrarse en los abismos que cada día vemos reflejados en las noticias, poner bellas palabras a horrorosos acontecimientos, encontrar la luz al final del más absoluto túnel del tiempo.
Porque la identidad de la mujer, la violencia de género, los sentimientos encontrados que llevan a cometer locuras, da igual de qué tipo, el olvido de nuestra historia más reciente que nos lleva a cometer de nuevo los mismos errores, y tantos otros temas están, aunque no lo parezca, latentes en este librito, continente, y LIBRO, contenido.
Pero si hay que elegir, casi todos lo hacemos, un poema de Laberinto Carnal, el que a mi juicio es absolutamente más desgarrador y  bello, el que hace justicia a aquel verso de Gil de Biedma en “Noches de mes de junio”, pero la vida nos sujeta porque precisamente no es como la esperábamos, es “Sospecha”, (pág 50), en el que por si aún nos quedaba alguna duda, Elvira Daudet nos muestra cómo escribe su poesía con escarpelo, ese instrumento de dientes menudos que limpia y raspa las piezas una a una, con detenimiento, incluso soltando alguna viruta directa al lacrimal en alguno de los bruscos movimientos que ejecuta.
No consigo quitarme de la cabeza algunos de los versos de este poemario, aún me supura la herida… y recelosa me ha dado por pensar/ si será que la vida se me escapa, (pág 50).
Elvira Ramos